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Los hijos (bastardos) de Hunter Thompson

Por: Matías Carrasco

A estas alturas, no conocer la obra y vida de Hunter Thompson es imperdonable. Thompson siempre ha sido, y aún más desde su muerte, una leyenda, un referente, en él se acrisolan lo que no pocos de nosotros (escritores y periodistas) anhelamos, sin declararlo, hacer: sus vesanias nocturnas sincopadas por el alcohol y las drogas han llegado a configurar un estímulo en todos aquellos que ven el periodismo, exactamente en la crónica, como una forma de vida en pos de retratar lo más fielmente posible la realidad.

No estamos, entonces, ante una nueva manera de escribir, sino que cada vez más estoy convencido de que la crónica goza del factor mediático, tanto por la historia que se cuenta como por quien la escribe. Este factor mediático sí tiene un inicio, al menos ya conocido en nuestro imaginario de lectores de revistas y diarios. Todo empieza en el año 1967, en Estados Unidos, cuando el joven Jann S. Venner decide fundar una revista que rompa con los esquemas y códigos con el espíritu de Xanax que los diarios y revistas de la época tenían. Es así que en el segundo piso de un viejo edificio de San Francisco, el joven Venner funda la mítica Rolling Stone. El factor que contribuyó al meteórico auge de esta fue el hecho que Venner pagaba muy bien a sus colaboradores, la cual superaba en cuantía a lo que cualquier periodista podía ganar en el New York Times, el Washington Post, Squire, etcétera. Nunca se ha llegado a saber de dónde Venner conseguía el dinero con el que remuneraba a las jóvenes plumas de mayor proyección de Estados Unidos, quienes escribían no pocas veces lo que querían, sino principalmente el pequeño gran fundador les mandaba abordar. Por su nombre, la revista parecía estar destinada únicamente a relatar los vaivenes de la música rock del momento (en realidad, RS solo llegó a consignar los últimos años de los años maravillosos de la historia del rock), pero no, Venner percibió que el contexto social y político, tan alterado por la guerra de Vietnam, por ejemplo, debía cubrirse de la misma manera como se hacía con los conciertos y álbumes de MC5, The Rolling Stones, Cream, The Who, The Beatles, Black Sabbath y demás; ergo: RS también daría cuenta de la política norteamericana y con cualquier hecho relacionado con los negociados entre el estado y los círculos de poder, representado esta última por la industria química y nuclear.

En sus primeros años RS tuvo colaboradores de la talla como Tom Wolfe,  Joe Eszterhas, Ken Kesey, David Frickie, Robert Palmer, Lawrence Wright y Hunter S. Thompson. Algunos llegaron a destacar en la literatura, otros, como Cameron Crowe y Eszterhas, en el cine.

De los que escribieron para RS, el que tuvo una mayor repercusión mediática fue Thompson. A diferencia de los otros colaboradores, él se hacía notar por sus excesos plasmados en reportes y crónicas, llevando a Venner y a la legión de lectores de la revista a preguntarse “¿Cuál era la noticia: o las fiestas interminables del joven periodista o el tema que supuestamente debía cubrir?”. Su nombre empezó a retumbar con mayor fuerza cuando fue a Las Vegas a cubrir un olvidable evento de motociclismo, pero el objetivo de la comisión vira cuando se topa con el Congreso Policial sobre Narcóticos. (Ya para esto, él había escrito crónicas de temas tan disímiles como la política y los deportes; en su escritura se dejaba notar una fuerte ambivalencia que coqueteaba entre lo subjetivo y objetivo, y no pocas veces había sido amenazado por Venner con despedirlo de RS, empero, había una soltura de nervio y desfachatez en lo que escribía, lo que a final de cuentas era lo que lo mantenía como parte de la planilla de cronistas de la revista.) Pues bien, aprovechando los cambalaches de los mandamases hombres de ley, comenzó a enviar entregas a través del “Mocho”, hoy en día un eslabón perdido de lo que se conoce como Fax; estos reportes estaban escritos bajo un apetecible desorden poético, los correctores de la revista los editaban sin cambiar lo ya señalado líneas arriba: la soltura y desfachatez.

Miedo y asco en Las Vegas se publicó por entregas en noviembre de 1975. Cuando las cosas parecían afincar al cronista a la sección Política Nacional de la revista, toma la decisión de juntar lo editado y lo borrado por los correctores para darle forma de novela, en la que los roces entre la verdad y la mentira parecían una sola esencia; por más que intentó camuflar su nombre y el de su acompañante (como se sabe, hay muchísimas referencias inmediatas a la novela gracias a la adaptación cinematográfica de Terry Gilliam).

Este significó muchísimo para lo que vendría después en el periodismo, en especial la crónica. Ya desde esos años venía hablándose con mucha facilidad (y también irresponsabilidad) del tan mentado Nuevo Periodismo, el cual se nutría de las técnicas de la novela. Dos libros capitales para entender esta vertiente la comprenden A sangre fría de Truman Capote y La canción del verdugo de Norman Mailer.

A excepción de la novela insignia de Thompson, las de Capote y Mailer tenían la “peculiaridad” de transmitir en la sensación del lector el arduo trabajo reporteril ejercido, la manía en busca del dato escarbando en lo más hondo del tópico era más que evidente, y no es de extrañar que estos libros hayan tomado años en escribirse, a diferencia del de Thompson, cuyo armado de la estructura de su novela le demandó no más tres semanas, dándose tiempo para practicar en los basureros tiro al blanco con las ratas, beber harto mezcal y coquearse hasta que el cuerpo le aguantara, con descanso previo para retomar su “rutina alucinógena” en la redacción de su, llamémosle, novela.

Gonzo 3

Este libro es a la fecha el mejor y más conocido de Thompson. Al igual que con las novelas de Haruki Murakami, Miedo y asco destila, digamos, el impulso vehemente de la estela imitativa, muy lejos de lo que debería irradiar: la asimilación. Como fuera, desde su salida, muchos aspirantes a periodistas empezaron a tener a Mister Thompson como paradigma de sus peripecias personales. La poética de este genial irreverente siempre estuvo marcada por el vértigo y la incoherencia, tan ideales para cimentar una endemoniada propuesta que calificó de Periodismo Gonzo, en la que tanto el tema investigado y el autor de turno, eran protagonistas a la par.

No es de extrañar que la gonzomanía haya estado presente en las crónicas que se escribían por aquellos años en las norteamericanas revistas semanales. Tuvo su etapa de apogeo, no hay que negarlo, pero fue tan fugaz como cuando se consume un cigarrillo barato. Cuando se leían esas crónicas las asociaciones al autor de Los ángeles del infierno y La gran caza del tiburón eran más que cantadas.

Sabiéndose de lo absurdo que era continuar dicho sendero, se seguía imitando al suicida, con desastrosos resultados. El motivo de estos continuos fracasos no estaba en lo baladí de plasmar en papel lo que el escriba de turno quería, sino en el hecho de que esa manera de narrar, en la que por sobre todo importaba el voltaje lírico de la calle, yacía en que la narrativa Gonzo solo era propiedad de su autor. Ergo, un gran maestro de la no ficción sin escuela a dejar.

Todos sus imitadores pueden ser, tranquilamente, catalogados de payasos, porque así como eran entusiastas de “dejar para posteridad” sus noches putañeras, sus vicios impostados y sus febriles ansias de protagonismo, también eran incapaces de asir la razón de ser de la poética Gonzo: el espíritu de denuncia. Porque si algo tenemos que reconocerle a este desequilibrado escritor es precisamente el decir las cosas tal y como eran, respetando el subjetivismo desencadenado de los peligros casi siempre trae la opinión propia, ajena a los intereses de los grandes medios, porque valgan verdades, la información jamás ha dejado de pertenecer a la manipulación de los grandes y poderosos centros de poder. No es de extrañar que el exacerbado subjetivismo del Gonzo le haya generado más de un problema en vida, ya que la política era uno de sus tópicos predilectos. Todos los presidentes que tuvieron la oportunidad de leerlo, saben bien que cada vez que él los criticaba tocaba carne viva, los azotaba en la herida misma, como carbón en la yaga.

Es conocido que Hunter Thompson murió en su rancho de Woody Creek, en Colorado, el 20 de febrero del 2005. La noticia oficial dio la versión de que este se había suicidado, pero yo siempre he mantenido una sospecha o idea subjetivamente fundamentada: que este fue asesinado por la CIA. Basta leer cualquier libro suyo, o revisar cualquier artículo, como para tener la película clara: las críticas de este para con la política norteamericana estaban lejos de ser constructivas. La ridiculización y la bajeza eran los componentes que le servían para dejar como receptores del hazmerreír a presidentes como Nixon, Carter, Reegan, Bush… Thompson fue uno de los primeros en especular la intención del estado norteamericano en llevar a como dé lugar una guerra en Medio Oriente, sus artículos al respecto denotaban no solo la alerta, sino también la logística subversiva en la que desde su fundación se ha encaminado la CIA.

A fines del 2004, Thompson publicó una serie de artículos que arremetían contra la mentira de Bush y la guerra de Irak. Estos eran mucho más sarcásticos que antes, y como buen periodista con contactos, este llegó a fungir de asesor de guerra en no pocos medios que criticaban la inmoralidad del gobierno gringo en pos del petróleo ajeno.

La CIA siempre ha sido ducha en eliminar personas apelando a los medios más naturales y ordinarios. Todos los asesinatos de esta organización se han conducido por medio de accidentes (al respecto, basta leer las novelas de espionaje y no ficción para tejer puentes de comprobación, claro, podrá decirse que por tratarse de ficción la especulación vendría a ser floja, pero tengamos en cuenta que novelas como las de Frederick Forsyth y Robert Ludlum yacen en testimonios directos de ex agentes de la CIA). Thompson no tenía razón para matarse, siempre había sido de esa clase de escritores a quienes el “bloqueo creativo” le era ajeno. Si tanto lo hubiera deseado, pues se hubiera matado una o dos décadas atrás, años en los que sus acciones denotaban un fortísimo espíritu tanático.

El Nuevo Periodismo tiene muy buenos representantes en todo el mundo. Ya sea John Lee Anderson, Tom Wolfe, Gay Talese, David Foster Wallace, Ryszard Kapuscinski, Javier Reverte, Juan Madrid y Jorge Lanata, reconocen la influencia de Thompson, el Gonzo. Pero la aceptan como una suerte de epifanía de qué es lo que no se debe hacer.

En mi corta experiencia con el mundillo de las letras, he tenido la oportunidad de entrevistar a muchísimos escritores que coquetean con el periodismo, y siempre que he tenido la oportunidad, jamás he dejado de preguntarles por una posible herencia recibida del escritor “suicida”. Todos ellos nunca han dudado en reconocer su herencia, pero me llamaba la atención de que seguir con los postulados del periodismo Gonzo era lo último que anhelaban patentizar en su trabajo.

Cada día estoy más convencido de que si no fuera por el Gonzo no conoceríamos hoy las novelas con voluntad de crónica. Líneas arriba mencioné una novela capital que todo aquel metido en el mundo del periodismo debe leer sí o sí, no tanto por una cuestión de formación, sino por una suerte de, llamémosle de alguna manera, respeto por una convicción, porque eso es lo que el periodismo: una convicción en la que solo vale comunicar la verdad a través de un lenguaje bien usado.

La canción del verdugo es la novela-crónica más importante que se haya escrito, mil veces superior a la ya clásica novela de Truman Capote. En ella se nos relata los nueves meses de espera del asesino y desquiciado Gary Gilmore, condenado a fusilamiento. En esta Mailer nos regala una historial real, en donde hace gala de un derroche de documentación (toda una motivación para todo aquel que carezca de historias), nutridas desde los detalles aparentemente más insignificantes de la realidad.

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Ahora que se habla tanto del boom de la crónica y de los libros de no ficción, hay que mirar siempre al libro pionero de esta vertiente: la mentada novela de Mailer. (Por cierto, este autor siempre denostó de la narrativa de Thompson, aunque nunca dejó de afirmar que si no fuera por él, jamás hubiera escrito monumental libro.)

Hay un narrador español a quien admiro muchísimo. Es autor de más de cincuenta libros, conocido como una “máquina humana de escribir”. Su nombre: Manuel Vázquez Montalbán. Este barcelonés, fallecido de un paro cardiaco en el aeropuerto de Bangkok en el 2003, siempre consideró por igual a la literatura y al periodismo. El periodista y el escritor se enfrentan ante la posibilidad de la recreación, la cual yace en la memoria. Cualquier hecho ocurrido, así sea hace quince años o una hora antes, está sujeto a los caprichos de la imaginación. Cierto es que los fines de la literatura y el periodismo son disímiles, pero nunca hay que dejar tener en cuenta que la sustancia de ambos géneros ha sido, es y será el artificio. Y para conocer sus alcances, es menester “panear” tradición. Basta una mirada a la tradición literaria hispanoamericana para sacarnos la venda de los ojos: que el Nuevo Periodismo no es  propiedad total de la gentita que acompañó a Jann Venner en Rolling Stone. Por ejemplo: para mí es imposible calificar de escritor a Gabriel García Márquez si paso por alto su labor en los periódicos; me es imposible hablar de la narrativa de Vázquez Montalbán si no tomo en cuenta los artículos de época de Pío Baroja; me es imposible hablar de la obra de Vargas Llosa si paso por alto la influencia de Clemente Palma; me es imposible hablar de los best Sellers de sucesos reales del siglo XX si no tomo en cuenta las novelas decimonónicas de Balzac y Dumas; es imposible recordar las columnas de Francisco Umbral si pasamos por alto su herencia azoriniana…

Cuando hablamos de crónica en América Latina, tenemos un par de referentes inmediatos: las revistas Soho y Etiqueta Negra, siendo esta última la que mayor empuje le ha dado a la crónica en estos últimos años. Pero seamos claros, la crónica por décadas ha estado presente en todos los diarios y las revistas de la región, ¿cuántas de estos no han destapes entrampamientos políticos y económicos? Al igual que la literatura, el periodismo es un ejercicio de enfrentamiento, en donde la mayor satisfacción yace en el acto de realizarlo por la convicción; entonces no deja de fastidiarme mucho cuando escucho a cronistas (con libro publicado) cuando se quejan de la poquísima atención que reciben de los medios, me irrita la pataleta de muchos de ellos cuando alzan su voz cada vez que los reseñistas literarios no los toman en cuenta, pero bien que no dicen nada cuando sus fotos aparecen en las páginas de sociales de los diarios, o peor aún: cuando el hecho de llamarse “cronistas” les confiere un status superior a la de sus compañeros de redacción de los diarios.

Lamentablemente no puedo catalogar como positivo el auge de la crónica en América Latina. Desde que soy personaje activo en la literatura he tenido la política de no ocuparme de libros y autores que no llamen mi atención. Siempre he hablado de libros y autores que me han estimulado y cuestionado. Por ello, me gustaría desplegar un breve repaso de dos cronistas que merecen el mayor de mis respetos, cuyos libros pueden encontrarse en cualquier librería de Latinoamérica, en clara muestra de lo que debe ser un cronista, en otras palabras: dos verdaderos hijos bastardos del gran Hunter Thompson.

En párrafos anteriores señalé las grandes ventajas de la crónica, de sus llegadas que no solo se atrincheran en los grandes hechos. Repito: todos tienen una historia que contar, para un genuino buscador de historias no existen los grandes y pequeños temas.

Ricardo Uceda es un reconocido periodista peruano de investigación. Tiene una riquísima trayectoria que lo ha llevado a no dudar en meterse en execrables baños de mugre con tal de dar cuenta de la verdad. En el año 2004 la editorial Planeta publicó una monumental investigación titulada Muerte en el Pentagonito, en el que se nos detalla los tejes y manejes del mecanismo antisubversivo que llevaron a cabo las Fuerzas Armadas, tanto en los años ochenta, como durante la dictadura de Alberto Fujimori. Si habría que definir a Uceda, pues qué mejor que catalogarlo como un novelista signado por el hechizo del historiador. Las casi quinientas páginas de su libro se pasan volando, en donde también somos presa de los giros narrativos que nos recuerdan a las novelas de espionaje de Forsyth.

A través del testimonio del ex agente del Servicio de Inteligencia peruano Jesús Sosa Saavedra, se nos revela, principalmente, el accionar del terrorismo de estado que se acometieron en los gobiernos de Fernando Belaúnde Terry, Alan García y Alberto Fujimori contra Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru. El recuento de asesinatos y torturas que llevaron adelante comandos paramilitares como El Grupo Colina (Fujimori) y el Comando Rodrigo Franco (García, primer gobierno) para con sospechosos o disidentes de la mismas fuerzas militares son una muestra del grado de podredumbre moral a la que estas habían llegado con el aval, hasta el momento no aceptado, por las esferas que detentaban el poder político; como también los asesinatos de espías internacionales que realizaban labores diplomáticas en Perú. En más de un tramo el lector se pregunta si lo que se narra en Muerte en el Pentagonito es ficción o realidad. Para muchos peruanos, recién en estos últimos años, el centro de Operaciones de Inteligencia, conocido como el Pentagonito, es una fortaleza en donde la verdadera historia política peruana, de los últimos treinta años, está escrita, teniendo de “salas de archivos” sus sótanos por donde muchas veces sospechosos de insurgencia perdían su vida, y para no dejar rastro pues no se tenía la mejor idea que quemarlos durante las madrugadas y mañanas. Como el Pentagonito se encuentra ubicado en San Borja, en una zona residencial de la capital peruana, a menos de doscientos metros de la principal carretera al sur, no pocos tenían la seguridad de que el humo que salía en las madrugadas de los inmensos jardines provenía de la panadería y cocina de aquel gigante de concreto. Esta alocada noticia provenía de los diarios comprados por la mafia fujimontesinista ante los constantes destapes que brindaban las sospechosas razonables de que el humo del gran jardín del Pentagonito era de los cuerpos que se incineraban en sus sótanos.

Uceda no cae en el vacuo protagonismo, las referencias personales solo se suscriben a  cómo se contactó con Sosa Saavedra y a los cuidados que debía tener en cada una de las reuniones que tenía con este testigo privilegiado. El periodista no es un mero transcriptor de hechos dictados, sino que toda la información brindada es corroborada, y ello se deja ver sin que se sienta, los pie de página están, como en todo trabajo de investigación, pero estos no se sienten, puesto que Uceda tiene la máxima de mantener el interés del lector.

En el juicio que se le sigue al ahora preso Alberto Fujimori, los fiscales usan como fuente principal esta publicación. Gran parte de los puntos por los que se acusa a ese sujeto mitómano parten de los datos consignados en el libro de Uceda.

No peco de chauvinismo, pero no tengo ningún reparo en señalar que Muerte en el Pentagonito es quizá uno de los mayores libros de no ficción, en castellano, de los últimas décadas.

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Así como la crónica aborda los grandes hechos que marcan el devenir de una nación, ya sea por medio de un presidente corrupto, un narcotraficante, un agente asesino o un cleptómano, también puede relatarse el imaginario cultural por medio de tópicos singulares. Todos tienen una historia que contar, nada nace de la nada, hasta un animal puede ser protagonista de una gran historia, tal y como lo podemos leer y disfrutar en La vida de una vaca, del cronista chileno Juan Pablo Meneses.

Este libro, también publicado por Planeta en este año, está llamado a ser un paradigma para los futuros cronistas. En apariencia puede ser un libro que roce, por su título, con la ridiculez, pero no es así: es un trabajo de investigación en el que han entrado a tallar los últimos medios de la comunicación, en especial el mundo virtual.

En La vida de una vaca tenemos a La Negra, y a través de ella Meneses nos muestra la radiografía de la historia argentina. Muchos han intentado diseccionar a este país por medio de investigaciones que giren en torno al fútbol o a Eva Perón. Empero, Meneses lo hace a través de una vaca, solo una, porque, en su visión de buscador de historia, “hablar de todas las vacas es como hablar de ninguna”, tal y como me lo dijo en una entrevista que en julio pasado le hice a razón de su presentación de la Feria Internacional del Libro de Lima.

Alrededor de La Negra se interpelan a ganaderos, políticos, periodistas, sociólogos, escritores y demás; a través de la pluralidad de opiniones llegamos a enterarnos de que la dependencia de los argentinos es tal que es capaz de poner en jaque a cualquier gobierno. La carne es cosa seria, en la que no hay cabida para los ambages, puesto que más allá de las características hiperbólicas de los argentinos, la carne no solo es considerada un patrimonio nacional, sino también como la mejor del mundo.

Tampoco estamos ante un libro fundacional sobre el tema, existen trabajos parecidos publicados en Estados Unidos, en cuanto al consumo de la carne, como el de The Steer´s Life de Michael Pollan, pero a diferencia de publicaciones de ese tipo, en los que se parte de una investigación para ser editado en formato de libro, este título de Meneses es peculiar: él hizo público su trabajo desde que se compró una ternera para criarla, alimentarla, matarla y comérsela. Lo dio a conocer en su blog, lo cual hace de La vida de una vaca una suerte de libro interactivo. Los lectores tuvieron una constante participación, sumado al hecho que el autor comenzó a publicar adelantos de su trabajo en revistas como Gato Pardo y Etiqueta Negra, lo que generó que la expectativa por el “resultado final” fuera cada vez mayor.

Cosa curiosa: hasta donde sé, cuando uno se encuentra escribiendo un libro, por lo general se responden generalidades del mismo, siempre y cuando se nos haga la clásica pregunta final del “¿qué es lo que últimamente estás escribiendo?”. Digamos también que de La vida de una vaca se conocía su desenlace desde  antes que este entrara a la imprenta. A somera impresión, se trataría de un proyecto que no interesaría a nadie, entonces, me preguntó: ¿en dónde radica su fuerza?, ¿cuál es su componente esencial que hace de un argumento, aparentemente trivial, tan adictivo?

Me hice estas preguntas antes de leer las vicisitudes de La Negra, pero confiaba mucho en lo que Meneses podía hacer. Él ya ha demostrado en Equipaje de mano y Sexo y poder. El caso Santiago, lo que hacer como cronista, de sus recursos intelectuales y literarios que le llevan a sacar adelante un proyecto, del que como indiqué, ya se conocía su final. Estas preguntas tuvieron una sola respuesta: el tratamiento de la historia. La Negra es, digamos sin ser despectivos, el gran pretexto para abordar descarnadamente a una cultura a la que le puede faltar todo, menos la carne.

Como lector, uno se da cuenta cuando un autor te está tomando el pelo, cuando se llenan páginas gratuitamente, lo que no acaece en este extraordinario texto de no ficción, al cual considero como el principal libro de Meneses. En La vida de una vaca hay muchísimo trabajo de biblioteca, un impresionante esfuerzo de edición de la información que muy bien puede servir de ejemplo a los que quieran escribir crónicas. Meneses es, sencillamente, un buen buscador de historias, un obsesionado por el detalle, y por qué no decirlo, el mejor cronista de hoy en Latinoamérica.

Muchos cronistas latinoamericanos de hoy se quejan del por qué no se les acepta en los tan deleznables cenáculos literarios. Se quejan de que no se les reseñan, de por qué no se les toma en serio. A riesgo de que suene a lugar común, pues es solo el tiempo el que dirá si una crónica tiene el valor literario que merece, tal y como pasa con todos los libros. La crítica literaria jamás debe ser inmediata, no debe caer en los apuros de la primicia a la hora de valorar una publicación. Y tal como ocurre con la poesía y la pintura, lo mejor que le puede ocurrir a la crónica es que sea desdeñada por la crítica mediática, que no se devalúe con el facilismo con el que se clasifica a las novelas, por ejemplo. Sé que puedo estar cayendo en una evidente contradicción: es imposible negar el boom de la crónica hoy, pero no hay que ser presas de las trampas de los escribas de dizque crónicas cuando en realidad lo que hacen es contarnos su vida, cosa que así no solo soliviantan sus miserias, sino que también camuflan el poco compromiso que exhiben con el tópico que, en teoría, les debería interesar.

A los nombres de Ricardo Uceda y Juan Pablo Meneses, puedo sumar el de Julio Villanueva Chang, Martín Caparrós, Leila Guerriero, Jorge Carrión y Juan Villoro, de quienes me hubiese gustado escribir un poco y sé que en un futuro próximo lo haré.

Siempre he sido de la idea de que el mejor homenaje que puede rendirse a un referente inmediato de la crónica, como lo sigue siendo, desde el más allá, Hunter Thompson, es conociendo bien su obra y asimilando su espíritu de denuncia y compromiso, no importa cuál sea la historia que se coja por las astas… Soy un férreo convencido de la bastardía, el mejor tributo es negar y rechazar tajantemente lo que solo un autor como el Gonzo pudo realizar: susurrarnos sus tan adictivos excesos que no pocos hemos anhelado vivir.

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