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Valeria Luiselli: “La novela moderna es un género flexible”

Hablar de la obra de la escritora mexicana Valeria Luiselli es referirnos a una de las poéticas más sólidas y peculiares que le hayan podido suceder a la narrativa en español de los últimos años, en especial, aquella que empezó a publicarse a inicios del presente siglo. Basta leer sus libros, entre ensayo y ficción, para llegar a la conclusión de que lo suyo es un crisol de intereses que no solo se suscriben a un determinado registro, sino que en su poética encontramos un diálogo entre la ficción y la poesía, como también la presencia medular del ensayo. Leo mucho ensayo literario y poesía. Pero también me gusta leer sobre arquitectura y arte, nos cuenta Luiselli en entrevista para Sur Blog.

Una impresión que nos dejan sus libros, sobre todo si recordamos su primer título, Papeles falsos, es la de habernos encontrado con una escritora madura, que rompió fuegos en un género que más de uno aborda durante la madurez emocional e intelectual. En este libro de ensayo (por cierto, muy celebrado y que le supuso un paso muy firme en el imaginario literario hispanoamericano) encontramos en su autora no solo un acervo de lecturas que sustentaron el proyecto, sino una mirada cuajada, entrenada, con suficiente mundo, mirada ajena al efectismo y un acervo no del todo dependiente de la tradición ensayística en español. Esta cualidad también se proyectan en sus dos títulos siguientes, las novelas Los ingrávidos y La historia de mis dientes, es decir, sus tres entregas evidencian en los logros literarios que la experiencia vital es tan importante como la experiencia de la lectura. Me da gusto que lo digas, porque en efecto nunca he hecho –no podría– una diferencia entre ambas cosas. O sea, la lectura y la vida en una invisible y sensible frontera. No sabría decir dónde termina mi experiencia de lectura (mi experiencia del mundo a través de lo que he leído) y dónde empieza lo que sea que llamamos “experiencia vital”.

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Lo que llamó la atención de la crítica y, por consiguiente, en los lectores, fue no solo la manera en que Luiselli expuso sus ideas en Papeles falsos, sino también la tersura de su prosa. Ambas características fluyendo como un aparente calmado río de aguas cristalinas rico en epifanías y resonancias. Papeles falsos es un libro muy fresco. Lo escribí muy joven, entre los 21 y los 24 más o menos. Tiene las virtudes y los defectos de una persona de esa edad. A lo mejor, el libro al que la autora le tenga más cariño. Pero quizá, de entre mis libros, es mi preferido.

Pero también podríamos catalogar a PF como un extraño libro de viajes, un viaje que se abre en dos senderos, uno interior y el otro exterior, canalizados por el ejercicio simultáneo entre la contemplación y la reflexión, en el que podemos presenciar una galaxia de influencias de los escritores y pensadores que no dudaron al momento de explorar en el híbrido. Esta sospecha nos lleva a pensar en Los anillos de Saturno de Sebald. Sebald es sin duda un autor que siempre me ha gustado. Sin embargo, este primer libro sea deudor, en la fijación por el detalle, de otros autores que han preferido reflexionar y escribir sobre, específicamente, los detalles que yacen en la impresión de lo visto y pensado. Papeles falsos le debe más a Marca de Agua y a Menos que uno, de Joseph Brodsky. Sin duda, en estos ensayos del poeta ruso-estadounidense hallamos el aliento con el que nutrió Luiselli su celebrada ópera prima. Brodsky fue la cantera natural de un proyecto que tuvo como bases a los viajes y a la autobiografía intelectual y, además, enriquecido por la mirada natural en formación de su hacedora, en otras palabras, la combinación, o el mestizaje discursivo, es lo que ha permitido que en pocos años no solo se convierta en un libro que inspira a ser estudiado, sino que genera confianza en las voces que aún no se deciden por la legitimidad que permite escribir en el límite de los géneros discursivos. No hay que pensarlo mucho, ni menos caigamos en la mezquindad, Luiselli desde el ensayo oxigenó a la narrativa última escrita en español. He allí pues la marca de agua de su frescura y tácita vigencia.

No son pocos los escritores que van encontrando sus temas y redefiniendo el estilo a medida que publican. Algunos llegan a buen puerto, otros no, o en el peor de los casos, se pierden deliberadamente para volver con los ánimos renovados en pos de la persistencia creativa. Sin embargo, Luiselli pertenece a un selecto grupo de voces que a partir del primer libro definen lo que harán después, recurriendo a una constante retroalimentación de ese libro inicial a razón de sus intereses (casi) definidos. Un breve repaso a la tradición de la narrativa escrita en español nos presenta una certeza: son muy contados los que han conseguido con la primera entrega un crisol de inagotables inquietudes que conectan con la obra posterior, siendo la mexicana la única de entre sus colegas generacionales de oficio que lo ha logrado.

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Absolutamente cierto, nos contesta la autora cuando le preguntamos por el puente entre PF y su primera novela Los ingrávidos, enfocándonos en su registro indefinido, que permite que la novela genere muchas interpretaciones tanto en los críticos y en los lectores. No es para menos. Hablamos de una hermosa novela en la que el lector es un cómplice entregado, sintiéndose por momentos integrante de ese mosaico de personajes desarraigados a los que, se intuye, les interesa deambular por el mundo, como espectros que huyen hacia el no-lugar, el no-tiempo, tejiendo un diálogo con la tradición literaria entre un relativo presente representado por una editora mexicana en New York y las presencias de los poetas, raros y aviesos, Gilberto Owen y Louis Zukofsky, pero dueños de una oscura y rasposa ironía. Los recuerdos de la editora y la voz de Owen pueblan la novela en una serie de reflexiones sobre el significado de la libertad de la escritura y el destino existencial. ¿Novela? ¿Ensayo-novela? ¿No-novela? ¿O simplemente literatura? Entonces volvemos a la autora de PF: Hay un ensayo en Papeles falsos que es muy notoriamente el puente entre Papeles falsos y Los ingrávidos. Un ensayo que me conectó directamente con la novela y en donde incluso aparecen los primeros motivos y algunas frases de la novela.

Reforzamos nuestra impresión de líneas arriba, además, Luiselli no se hace problemas, no por nada es una privilegiada heredera de Alfonso Reyes y Sergio Pitol, las columnas de su tradición a las que evidentemente no deja de frecuentar. Ella lo sabe: todos los escritores son parte de una tradición, de un gran tronco que canaliza las múltiples riquezas que puede ofrecer la parcela de la novela. Por el solo hecho de conocer la tradición de la novela, se encuentra lejana de los conceptos pírricos que nos quieren pintar como nuevo lo que jamás lo fue. Puede calificarse de distintas maneras a Los ingrávidos, algunos lo llaman “Artefacto narrativo”, que bien resulta válido en la taxonomía, empero, la mexicana no se pierde en la dirección genérica de su libro: La novela moderna es un género flexible y que necesariamente se va reinvetando a lo largo de los siglos, pero tampoco ha variado mucho desde su invención en 1605 con la publicación de El Quijote. Yo diría que Los ingrávidos es absolutamente una novela.

En su segunda novela, La historia de mis dientes, nuestra autora confirmó las impresiones de sus dos primeros libros, desatando aún más los cotos genéricos, incidiendo más en el humor e ironía, tal y como lo vemos en “Carretera”, como llaman a su personaje Gustavo Sánchez Sánchez, el subastador que conduce la novela, empleando un discurso que rehúye de la linealidad para posarse en el concepto/idea que le confiere a las “cosas”, a la esencia que estas proyectan con su pasado y no dependiendo de su inmediata utilidad. Pero el humor y la ironía no son los únicos soportes de esta novela rica en referencias literarias que serán del beneplácito de los lectores conocedores, sino también la crítica al consumo, hacia ese deseo que carcome la naturaleza humana. En esta novela Luiselli confirma que puede escribir de lo que guste sin traicionar los postulados que han venido pautando su narrativa, ahora con una palmaria intención lúdica del que seguramente Julio Cortázar estaría mucho más que satisfecho.

G. Ruiz Ortega

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