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Parra recargado

Por: Marco Zanelli Berríos

 

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Además de una historia sobre el descubrimiento de la crueldad durante la infancia, Los niños muertos (Demipage, 2015) de Richard Parra (Lima, 1977) es también una novela que retrata con crudeza la vida desangelada de un grupo de migrantes en la Lima de los años ochenta. Un fresco sobre una barriada que en medio del caos va expandiéndose y albergando a personas venidas de todas partes, provincianos empujados a encontrar un nuevo camino en su territorio inhóspito y desorganizado.

Con una trama que alterna tiempos y paisajes rurales y urbanos, Parra delinea con un contrapunto eficaz un paragua de personajes que, poco a poco, desembocan en una historia central: la del pequeño Daniel, hijo de una pareja de migrantes, quien más temprano que tarde es corrompido por la sordidez que lo rodea. Su mirada inocente, curiosa ante las incidencias del mundo adulto, se ve inoculada progresivamente por las vejaciones que recibe en casa, en su grupo de amigos y en la escuela.

El resto de historias que se hilvanan alrededor de la principal no están exentas de esa violencia que empapa todas las páginas de la novela. Al contrario, se transmite de un personaje a otro, de generación en generación, como una epidemia con la que deben convivir día a día, producto de la pobreza y de sistemas de opresión difíciles de erradicar. No hay espacio para la esperanza ni para los triunfalismos, aunque sí para la ternura. Tal es el caso de los padres de Daniel, Micaela y Simón, quienes huyen de sus provincias al enfrentarse a la dominación gamonal y machista, pero mantienen una vida conyugal a ratos oscurecida por la apatía e iluminada por la unión familiar.

Los riesgos de crear una ficción colmada de afectaciones son sorteados gracias a la sequedad de la prosa de Parra, a un lenguaje frío, natural, que despoja al narrador de cualquier sentimentalismo gratuito y se mimetiza, por ratos, con la oralidad de los protagonistas. En ese sentido, piénsese en el autor como un director de documentales que crea secuencias con una mirada objetiva en la que incluso los antagonistas más repulsivos, como el profesor Salas o el cura Crisóstomo, son tratados con imparcialidad.

En Los niños muertos no hay lugar para los pensamientos intrincados o los monólogos interiores: son las acciones las que hablan por sus personajes y los relatos orales los que nos acercan a su cosmovisión particular. Y es que Parra bebe del mejor Arguedas (el de El zorro de arriba y el zorro de abajo) y replantea tópicos que aún son capaces de seguir enriqueciéndose (aunque haya quienes hayan decretado su “agotamiento”). En suma, esta es una novela de la que no se sale indiferente, sino golpeado y conmovido ante la presencia de pasajes que desgranan con maestría la corrupción de la inocencia.

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