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La bilis infinita: ecos de la melancolía del barroco en nuestros días

Por: Dio Vargas

 

En el libro Acontecimiento (Sexto Piso, 2014) el esloveno Slajov Zizek se cuestiona acerca de la poca efectividad que los movimientos sociales, y en particular los de izquierda, han tenido para lograr un giro sustancial en las formas sociales contemporáneas. Escenarios favorables como el de la primavera árabe u otros levantamientos masivos que hacían pensar en revoluciones de gran calibre han sido desaprovechados reiteradamente por agrupaciones que logran convocar numerosos espíritus que comparten al parecer los mismos ideales, pero que se terminan diluyendo con sospechosa rapidez.

Para precisar, Zizek define el “acontecimiento” como un punto de inflexión en la historia: el punto de quiebre en el que las cosas cambian de curso; encarna la idea del destruir para construir, del luchar contra lo “natural” para alcanzar algo que podríamos tomar por una iluminación que nos permita cuestionar la supuesta armonía en la que nos hemos desenvuelto parsimoniosamente y reemplazarla por un sistema que satisfaga las necesidades que no están siendo cubiertas.

Entonces, en un mundo donde la velocidad de información nos permite convocar a numerosas personas con necesidades como las nuestras, o que empatizan con ellas, ¿Por qué ha costado tanto conseguir transformaciones radicales? ¿Por qué esa sensación de desinterés una vez pasada el sentimiento de eufórica indignación inicial? Estas preguntas son motivo de debate con mayor frecuencia. Podríamos empezar a esbozar una respuesta si echáramos un vistazo unos siglos atrás.

De entre los muchos y variados elementos, herramientas y conceptos que, fiel a su estilo, Zizek aglutina para analizar el fenómeno del “Acontecimiento”, uno de ellos no es tomado debidamente en cuenta: la melancolía. Zizek utiliza la “estratagema del melancólico” para definir el proceso por el cual un individuo o grupo percibe como perdido un “algo” a lo que aún le dan uso. No le falta razón, pero el fenómeno de la melancolía como factor crítico de búsqueda por un cambio es un elemento que debemos examinar con mayor profundidad; y para ello se hace menester volver a la época cumbre de la melancolía: el barroco del siglo XVII.

Slavoj  Zizek

Slavoj Zizek

El XVII es una época de crisis, de tensión constante entre los dogmas religiosos que aún controlaban las sociedades de la época, de profunda insatisfacción con las limitaciones que se imponían. Fue la época donde, por ejemplo, el imperio español y sus ideales católicos alcanzaron su máxima extensión; ideales que se veían en constante conflicto con la cosmovisión de sus colonias, con los rezagos de los mitos y ritos que no pudieron erradicar, situación que da cuenta de la profunda necesidad que diversos grupos tenían de no aceptar lo que se suponía universal y buscar formas de poder manifestarse de forma original. La esencia de lo barroco es esa batalla constante por cubrir un apetito de infinito de curiosidad y su impulso hacia lo humano. La búsqueda por un camino al verdadero conocimiento empieza en esta época, e integra la revisión de lo sensible, del cuerpo y de las pasiones. Por tanto, es una época de profunda agitación espiritual: acaba de nacer el protestantismo y se necesitan afianzar los pilares de las creencias religiosas. El misticismo gana terreno donde de la figura de Dios y la fe religiosa muestran la vida terrena como una prisión de la que se espera salir y fundirse así con lo infinito, con lo inmensurable.

Las artes comienzan a dar un giro interesante, y en especial la literatura. Cervantes, lo caballeresco y la locura, el sentimiento aristotélico del héroe trágico que busca un horizonte del cual solo los libros parecen poder librarnos mediante la “locura” que nos otorgan. Los escritores intentaron buscar las causas de la situación de crisis en la que se encontraban, de la decadencia que estaba sufriendo la sociedad, dirigieron la mirada hacia el ser humano y sus condiciones, sus afectos, sus pasiones, buscando así la forma de corregir lo que había hecho caer los valores morales, lo que los había dejado vacíos. Se pasa, por tanto, de lo colectivo a lo subjetivo, hay una vuelta a la interioridad, al sumirnos en la melancolía.

De esta mirada al interior de uno mismo es que nace la noción del desengaño. El hombre barroco ha perdido el centro, se encuentra impotente entre lo que quiere y lo que realmente puede conseguir, en un mundo que lo engaña, en una inestabilidad religiosa, política y económica en la que no sabe dónde se encuentra. El miedo al infinito que  resulta inabarcable y, al mismo tiempo, el anhelo de él. ¿La solución a este engaño? La ficción que no se limite a describir la relación del individuo en su medio, la ficción ya no como mera reproducción de lo real, sino como instrumento por alcanzar ideales que se ven imposibles en lo cotidiano. El desengaño barroco es el desengaño actual, como lo son también las formas por escapar de una realidad que cada vez nos parece más adversa. El siglo XVII es un siglo de refundaciones, y la melancolía el motor que las impulsa y les da forma.

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El duelo de los ángeles 

La estela melancólica del XVII desde entonces ha perdurado en periodos posteriores. En un hermoso ensayo titulado El duelo de los ángeles (Fondo de Cultura Económica, 2004), Roger Bartra da cuenta de ello acercándonos al filo melancólico presente en la obra de tres “ángeles” del pensamiento moderno: Kant, Weber y Benjamin. Estandartes los tres del pensamiento moderno, Bartra desmenuza a la vez la vida y la obra de estos intelectuales para demostrar que a pesar de la profunda racionalidad con la que pretendieron dirigirse no fueron incólumes a los efectos del acecho de la melancolía. Por el contrario, los tres mostraban una gran fascinación por el mundo de lo subjetivo, y es su empeño por enfrentarlo lo que termina por ser el eje del valor de su obra.

En Kant, por ejemplo, se sostiene la idea del filósofo obsesionado con la “sutileza de la razón” donde no habría lugar para lo oculto o “fantasmagórico”. Un par de experiencias personales, sin embargo, engendrarían en Kant una fascinación por este mundo que mantendría hasta el final de sus días. Para defender el imperio de la razón, Kant esgrime dos obras fundamentales: su Crítica de la razón pura y su Crítica de la razón práctica. Como señala Bartra, con estos trabajos Kant parece darle vuelta a la tentación de los reinos de la locura y la “oscuridad sublime”. Sin embargo, muchos años después aparece su Crítica del juicio, donde el tema de la aproximación a la experiencia de lo sublime reaparece. Kant desconfía de la melancolía como timonel para acerarse a lo sublime y parece estar seguro de poder reemplazarlo por un sistema ético anclado en el sentido de lo moral, mecanismo que Bartra mantiene bajo sospecha. La locura sublime, el sentir de la melancolía, como vemos, ocupó un lugar privilegiado en la obra de Kant, y da cuenta de la importancia que este sentimiento tiene para la formación de uno de los pilares del pensamiento moderno.

Con Weber y Benjamin, Bartra da cuenta de cómo la edad moderna mantiene su ligazón con la melancolía y cómo se desarrolló a niveles más individualizantes. Weber ilustra cómo el marcado ascenso del protestantismo en la sociedad capitalista ayuda a un alejamiento de las formas místicas de las manifestaciones religiosas. Este alejamiento se daba irónicamente bajo la premisa de que los ritos religiosos practicados en exceso daban como resultado individuos sumamente melancólicos que no disfrutaban de una verdadera libertad. El paso a la secularización, sin embargo, no representa para Weber una salida de este modelo melancólico. Por el contrario, el libertinaje que trataba de suplir las formas religiosas, suponía un tipo de paganismo que a la postre resultaba igual de perjudicial en la creación de individuos melancólicos. Lo que cambia es el tipo de melancolía, pues la melancolía moderna es más de tipo individualista, y se ve agudizada con el modelo económico que poco a poco cede ante el capitalismo de consumo.

En Walter Benjamin tenemos la vuelta a lo trágico. El horizonte de la historia que siempre fatigó el pensamiento del filósofo alemán, siempre desemboca en la culpa, en la incapacidad quizá de dominar la fatalidad. La vida de Benjamin, nos cuenta Bartra, fue una vida marcada por la constante desazón ante la imposibilidad de determinar la lógica que movía el péndulo de la historia. Los desastres de los que fue testigo lo marcaron profundamente, empujándolo al convencimiento de que esta era un época marcada por el horror, una época sin salida en la cual el único recurso válido para escapar es la muerte. Benjamin y su suicidio representarían para Bartra el último peldaño en la evolución de la melancolía. Nuestra época, al parecer, sigue una lógica de autodestrucción.

walter benjamin

Walter Benjamin

Con el recorrido que hace Bartra, parece ceder fácilmente ante el fatalismo. Sin embargo, nuestra época, en apariencia carente de horizontes o con sujetos cada vez más individualizados, es también una época de avances agigantados, que pueden representar una alternativa a la condena del espíritu moderno. En dos conceptos de la artista alemana Hito Steyerl se encuentran dos puntos que pueden ser cardinales para entender nuestra época: el “cambio de perspectiva” y la “ocupación”. Nuestra época para Steyerl se caracteriza por un acercamiento al “ojo de Dios” que las nuevas tecnologías nos han proporcionado. La “visión google”, nos ha permitido tender puentes de entendimiento con culturas antes totalmente extrañas en tiempo récord, identificar los puntos que tenemos en común y coordinar acciones conjuntas que bajo un horizonte lineal nos hubiera sido imposible. La ocupación, a su vez, da cuenta de que la producción no es ya un fin en sí mismo. Nuestros individuos carecen cada vez más de “trabajo” y pueden ocupar sus facultades en actividades que discurren entre el ocio y el acto creativo. En términos simples, podemos alienarnos, pero también podemos crear; y es esa pulsión creativa, esa búsqueda por nuevas alternativas, nuevos horizontes las que caracterizaron al barroco del siglo XVII y que hoy están de vuelta pero con un arsenal cada vez más creciente de herramientas tecnológicas, políticas y artísticas.

El concepto  de “jaula de acero” que se le atribuye a Weber y que ejemplifica la postura del hombre moderno ante el exterior, adolece de un error de traducción. Más que jaula, el término que Weber utiliza en su idioma original es el de “caparazón” de acero. Esta pequeña precisión puede cambiar el espíritu de esta frase. Un caparazón da cuenta de un hombre que no ve más allá, se aísla del mundo. El nuestro sigue siendo un caparazón, pero ya no de hierro, sino de cristal. Este nuevo caparazón de cristal, en cambio, nos permite ver lo que sucede con los otros, y nos invita a pensar el momento propicio para romperlo. El acontecimiento que refunde nuestra historia, está a la vuelta de la esquina. Las múltiples búsquedas que hoy parecen no tener forma definida y no encontrar eco en los movimientos sociales o líderes actuales no han perdido la batalla. La refundación que esperamos nos invita a ver al siglo XVII y extraer de él los códigos que de la melancolía originaron el heroísmo de aquellos que se atrevieron a ver su época como posibilidad antes que como condena.

Publicado en el suplemento Variedades del diario El Peruano.

 

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