reseñas

El juego rabioso

Por: Marco Zanelli Berríos

 Lo primero que llama la atención de Los Buguis (Paracaídas, 2015), ópera prima de Joe Iljimae (Lima, 1990), es su apuesta por literalizar Ñaña. Se trata de un espacio inexplorado en la literatura peruana, ubicado en los márgenes de Lima y colindante al río Rímac, cuya geografía irregular le permite a una protopandilla de niños y adolescentes llamada Los Buguis andar a salto de mata por entre sus cerros, puquios y calles. No es solo un escenario transversal en los nueve cuentos que componen el libro, también es la línea que le dota de unidad a todo el cuentario, haciendo que se lea, a ratos, como una novela fragmentada.

Por otro lado, si Ñaña es un punto de referencia al que se alude en todos los relatos, también lo es la propensión de los personajes por llevar el juego hacia límites inquietantes. En Los Buguis, lo lúdico siempre está hermanado con la violencia: cada momento de diversión se transforma, poco a poco, en una forma de crueldad con reglas propias. El lector está constantemente expuesto ante historias de pequeños homo ludens cuyas ganas apresuradas por convertirse en adultos malditos, en bandidos respetables, terminan por jugarles a favor o en contra.

LosBuguisPortada

En ese sentido, Iljimae ha decidido poner a prueba a sus protagonistas frente a situaciones que comprometen su lealtad y osadía. La venganza mueve a muchos de ellos. Algunos reaccionan de forma pasiva, mientras que otros encaran su realidad con una inusitada valentía. Sin embargo, casi siempre podemos esperar un comportamiento desenfadado y rabioso, producto de contextos familiares desfavorables o religiosamente ortodoxos.

De este modo, hay mucho nervio por explotar: la edad de sus personajes es una parcela rica en contrariedades y sombras. No obstante, pese a tener relatos y pasajes memorables, Los Buguis no deja de estar perjudicado por cierta irregularidad. Y esto reside en que no todos los registros que el autor ha escogido para contar sus historias han sabido llegar a buen puerto. Algunos de ellos resultan forzados, con sus giros inverosímiles (como Mayta) y una involuntaria tendencia a caricaturizar el habla popular (como es el caso de Los BwBw).

Por supuesto, esta afectación no está patente en todos los relatos. Mención especial merecen Nunca te olvides de morder, Santa María Goretti y El arte de guerra, tres historias que condensan la rabia de la que Los Buguis se alimentan, y con estructuras bien cimentadas en narradores de primera y tercera persona. Son estas virtudes las que salvan al libro de sus escollos, presentes en toda primera publicación, y, también, las que esperamos se reflejen en una próxima entrega de Joe Iljimae a la que sus lectores estaremos más que atentos.

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