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Leila Guerriero: “Con la no ficción entendí que mirando el mundo había una enorme cantidad de cosas para contar”

Por: Elvira Liceaga

Twitter: @shubidubi

 

La voz de Leila Guerriero es ronca. Es una voz seca, pero las frases que articula en ese cantadito argentino se van torciendo hacia la dulzura y contradicen la seriedad. Es el tipo de voz que no revela gestos. Es una voz rocosa y amable, dispuesta a responder las preguntas que sean necesarias.

La periodista cuenta muchas cosas, y las cuenta con la soltura que da la experiencia de haber estado un montón de veces en ambos lados de una entrevista. Cuenta que si no trabaja en varios proyectos al mismo tiempo, no podría terminar ninguno. Cuenta, sin aparentes titubeos, los secretos de su apropiación del oficio; que nunca, por ejemplo, se sienta a escribir frente a la computadora si no tiene una primera frase: “Creo que lo único que uno puede hacer cuando es periodista es confiar en un método. Eso es muy útil porque muchas veces uno trabaja bajo presión y cuando no tienes tiempo lo que tienes es confianza en tu método. Primero el reporteo: grabo absolutamente todo lo que puedo, luego lo imprimo y un día me siento a releer todo el material que tenga, las grabaciones, los libros, la bibliografía relacionada; tomo notas, subrayo las partes que me parecen esenciales. Después empiezo a pensar cómo arranca el texto. Nunca me siento a escribir si no tengo la frase de inicio y una frase que lleve el primer párrafo. Por ahora, porque a lo mejor el método cambia, nunca me sentaría a escribir un texto sin tener claro el principio. No me sentaría en blanco frente a la computadora. Y la estructura del texto va saliendo de a poco. Primero, entonces, hago un documento largo, grande y después voy cortando hasta llegar a un texto más o menos humano. Y eso me lleva diez o quince versiones. Antes me llevaba más, tengo textos que tienen 22 o 23 versiones. Lo que nunca cambia es el arranque, ese siempre está ahí, puesto y claro.”

Pero no siempre fue una periodista rigurosa. Antes, de muy joven, su vocación de contar historias se alimentaba de los recursos de la imaginación: “La primera cosa que publiqué fueron cuentos. Yo escribía naturalmente cuentos y algunos poemitas, supongo. Es natural que a la gente que le gusta escribir empiece escribiendo más bien ficción, es más asequible. No en términos de dificultad, porque es muy difícil escribir ficción, pero no conozco a nadie que se dedique a escribir desde pequeñito y que hiciera una crónica de su barrio. Los niños sueltan más la imaginación.” Un día, un periódico publica uno de sus cuentos y más tarde, no mucho más, la contratan. Ahí, el periodismo la recibió con los brazos abiertos y ella, entonces, saltó a la no ficción: “Yo la verdad es que nunca había pensado en ser periodista, siempre pensé que quería escribir, pero el oficio del periodismo no aparecía en el horizonte. A lo mejor porque mi papá es ingeniero químico, mi madre maestra, y si bien eran personas muy lectoras, sensibles e ilustradas, que nos llenaban de estímulos y de música, nos llevaban al teatro, no era gente con una inclinación artística. A nadie se le había ocurrido que el periodismo podría ser una posibilidad. Pero desde que empecé, la ficción desapareció.”

 En sus libros, sus artículos, sus columnas, Leila Guerriero escribe sobre un grupo de suicidas de la Argentina, sobre el Festival Nacional de Malambo de Laborde, sobre las realidad latinoamericana, sobre la obra de otros escritores y de vez en cuando sobre la propia escritura. Lo que el periodismo, a diferencia de la ficción, le dio a Guerriero es la posibilidad oceánica de contar lo que sucede: “Sentía que no tenía nada para decir. Y con la no ficción entendí que mirando el mundo había una enorme cantidad de cosas para contar, determinadas realidades. Y desde que empecé tuve esa voluntad de ir en contra del lugar común, de mirar la realidad al sesgo, de desnaturalizar. La no ficción me dio un lugar y una forma de mirar el mundo donde sentí que tenía un montón de cosas para decir, lo que no me sucedía con la ficción, a pesar de ser una devoradora de ficción en todas sus formas.”

“La mirada de un periodista”, dice Guerriero, “es de lo más difícil de definir. Es algo que termina en el texto mismo, que tiene que ver con el estilo y con la voz propia. En el periodismo el estilo y la voz propia no pueden separarse del reporteo. Sin reporteo no hay historia. Una historia no se puede juzgar solo en relación a la forma, faltan los datos pertinentes y esos serán anodinos o torpes si uno no tiene una mirada afilada. No digo que yo la tenga, pero sí digo que soy consciente de que hay que desarrollar esa mirada y trabajarla como un músculo. Cuando yo paso mucho tiempo sin hacer un reporteo, por el motivo que fuere, porque me paso mucho tiempo viajando o porque me he ido un tiempito de vacaciones y regreso, recuperar esa mirada cuesta un poco. Yo noto que la mirada aparece achanchada, como si te soltaran en una ciudad y vos dijeras ¿y acá qué miro? Cuesta un poco enfocar esa mirada. Una mirada distante, honesta, pero muy incisiva.

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Creo que la mirada es algo que se puede entrenar, pero también creo que es una mezcla con la forma sensible, distinta de ver el mundo. En mi caso se entrena viendo mucho, trabajando todo el tiempo, precisamente para que no se achanche, se alimenta de tratar de hacer una lectura consciente de la mirada de otros colegas, la gente a la que uno admira. Por su puesto que uno no hace eso con todas las lecturas, de ser así no podría disfrutar por estar buscando trucos, maneras. Por ejemplo, hace muchos años leí una crónica de Martín Caparrós sobre Hong Kong, en la que él está en el aeropuerto en los noventa y observa el cartel del bar donde están consignados los precios de las cosas: las bebidas, los sándwiches y el precio. El cartel es una placa de bronce. La reflexión de Caparrós es sobre qué clase de sociedad es esa, tan confiada de su economía como para grabar algo tan volátil como el precio de un sándwich en un aeropuerto. Eso todavía lo recuerdo con una gran admiración. Donde otros mirarían el precio del agua, él supo leer el síntoma de una sociedad. A eso me refiero cuando digo que cuando uno lee a otros uno también se educa.”

Aunque no es enemiga de escribir en primera persona, “La primera persona es una persona muy llamativa, como una chica en bikini o en minifalda con tacones altos, divina, increíble, rubia, en la intersección de una avenida de alto tránsito”, la utiliza, de hecho, para crónicas de viaje, “Porque es un género que siento que me pide la primera persona, porque yo soy la cámara que observa,” y también para columnas, “Es una demostración de modestia, de honestidad y de humildad, porque es la forma de decir que eso que digo es lo que me parece a mí, no la verdad revelada”; ella prefiere la tercera persona, “La tercera persona es una señora elegante, vestida con un traje Chanel a quien hay que encontrarle los encantos”, lo cual supone un reto más complejo de la escritura: “Implica un borramiento, cosas que tienes que decir que te pasaron durante el reporteo y que te las tienes que arreglar para contarlas en tercera persona. A mí me gusta la tercera persona, es una persona muy noble, discreta, a mí me gusta mucho la discreción, y me interesa porque me plantea un desafío muy fuerte: cómo contar lo que uno vio en primera fila sin protagonizar. Aunque también puedes no protagonizar con la primera persona, si eres realmente bueno, como Caparrós, él nunca está por delante de la historia.”

Todos sus textos resultan de las mismas preguntas: “¿Por qué voy a decir esto? ¿Para qué uso esto? ¿Para contar qué cosa le puede interesar a quién?” Sin embargo, si va a escribir de ella misma es mucho más prudente: “Me tengo la rienda muy corta. Aunque se crea que escribir de uno es más fácil, me contengo. Me tengo muy controlada. Es probable que me atreva más a usar recursos narrativos más llamativos, como manejo mucho el tema, sé lo bien que puedo tratarme y lo mal que puedo tratarme, puedo ser feroz y no importa porque soy yo, uso tal vez más adjetivos calificativos o soy más arbitraria. Como los periodistas trabajamos con materia prima humana tenemos que ser muy cuidadosos. Pero conmigo, no.”

 Finalmente, la voz sin rostro, al otro lado de la línea, se despide ofreciendo aclaraciones posteriores, en caso de ser necesarias. Se creería que los periodistas son personas enrolladas y conflictuadas, incluso de frases neuróticas, pero Leila Guerreo habla del periodismo y de la escritura de no ficción como si al centro del oficio no hubiese ningún secreto y ninguna complicación que no resulte más bien en un placer.

 

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