artículos/ensayos

No se culpe a nadie de su sueño

Por: Diego Olivas Arana

 

 

Solitarios son los actos

Del poeta: Como aquellos

 Del Amor

 Y de la Muerte.

Luis Hernández Camarero

 

 

 

Soy Luisito Hernández / CMP 8977 / Ex campeón de peso welter / Interbarrios: Soy Billy / The Kid también, / Y la exuberancia / De mi amor / Hace que se me haga / Un nudo en el pulmón. Luis Guillermo Hernández Camarero tenía el corazón ávido de encanto. El mar, el sol, la música, los bares, las esquinas y un amor lo hicieron poeta, volviéndose uno de los exponentes más conspicuos y singulares de la Generación del 60, con un corpus poético tan lúdico como experimental. Nació el 18 de diciembre de 1941, siendo desde temprano una criatura excepcional. Fue un lector precoz y vehemente, también incursionó en otras áreas durante sus años mozos como la fotografía, el teatro, la radioastronomía –obsesionado con captar la música de las esferas- o la música, tocando el piano, la flauta y el violín. Vivió siempre en la calle 6 de Agosto en Jesús María y estudió en el colegio La Salle, donde descubriría más obras y entablaría largas amistades. Médico de barrio, estudió psicología en la PUCP y, tras un viaje a Europa de un año, medicina en San Marcos. Escribía tenazmente, poemas que rayaban entre lo más simple y excelso, tan lúdicos como verdaderos. Publicó tres poemarios: Orilla (1961), Charlie Melnik (1962) y Las Constelaciones (1965). A inicios de los 70 decidió no publicar más y emprender el proyecto que consolidaría su leyenda: escribir sus versos en cuadernos Minerva o Atlas espiral, con plumones Faber-Castell, invadidos de su poesía, encarnada en una hermosa caligrafía acompañada de pueriles dibujos que hacían de esta empresa ológrafa una obra de arte. Cuadernos que obsequiaba por doquier, con un desprendimiento total, entre amigos o familiares, incluso gente que no estaba interesada en la poesía. Cuadernos que seguía escribiendo para, como él afirmó, dejar de sufrir, vencer esa Impecable Soledad. En medio de esa vorágine, se enfermó de la espalda, y fruto de tan intenso dolor, a pesar de su maciza figura y sus patillas de Corto Maltés, se hizo adicto al Sosegón, veinticinco dosis diarias que atenuaban su pesar. Así, Gran-Jefe-Uno-Lado-Del-Cielo, Shelley Álvarez, El Inspector o el Capitán Dexter, empezó a decaer. En estos años, su amigo Nicolás Yerovi se dedicó, junto a él, a estudiar y compilar todos los cuadernos posibles, que Yerovi empezó a recolectar con permiso de Lucho para su tesis de doctorado en la PUCP. Fue a través de esa coyuntura que en el verano de 1976 lo descubrió Betty Adler, the legendary girl, Che piba, Frazadita. Se enamoraron perdidamente. Nunca dejaron de amarse. Ella lo ayudó y cuidó hasta que se separaron, cuando Lucho partió hacia Buenos Aires para ser psicoanalizado internándose en la clínica García Badaracco –cuyo director, Jorge García Badaracco, había estudiado con Jacques Lacan- con un diagnóstico incierto de problemas mentales, en marzo del 77, meses después de haber dado un único recital inolvidable en el Instituto Nacional de Cultura. El 3 de octubre del mismo año expiró, a los 35 años, bajo nebulosas circunstancias, supuestamente lanzándose a las vías del tren, en Santos Lugares, Buenos Aires. Posteriormente, Yerovi publicaría Vox Horrísona (1978), la primera edición de su tesis, legado poético de Lucho compilado en un tomo extenso que se volvería de culto y se agotaría prontamente, al igual que su reedición del ‘83.

Treinta y cinco años luego de su muerte, tres personajes muy relacionados al poeta conversan sobre sobre Lucho, su obra y su desaparición. El primero, Jaime Domenack, artista plástico de una generación posterior, mas cuya devoción es más que evidente, incluyendo el homenaje pictórico más grande y emotivo a LH; y los siguientes, Luis La Hoz y Nicolás Yerovi, reconocidos poetas y dos de los mejores amigos del bardo, quienes lo acompañaron en la aventura y en la desgracia.

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Jaime Domenack

“Lucho es muy importante para mí”, afirma el artista egresado de la ENSABAP y profesor de Historia del Arte en Cibertec. Su taller, ubicado en el segundo piso de una casa cercana al paradero Venus de la avenida Brasil, resulta un espacio insospechado. Lucho atraviesa toda la larga habitación que conforma el taller. Lo primero que salta a la vista es un enorme cuadro que ocupaba gran parte de una de las paredes, díptico en el que vemos al centro a Andy Warhol, flanqueado por Betty Adler y Lucho en la posición de la clásica fotografía en la que le da el biberón a su sobrina Techi. El trío está rodeado de imágenes pop de los años ’70, alusivas al famoso Estudio 54; o fotos personales, de Domenack de niño, sus padres de jóvenes, sus dibujos animados de la infancia, entre otros. En la otra pared, al fondo, Betty y Lucho manejaban el Volvo felices, con un fondo cromático perfecto. Una fotografía del vate enmarcada, pequeña, junto a otra de sus padres, como si se tratase de un tío suyo, o del abuelo de joven. Se siente en los cuadros de Domenack sobre Lucho un deseo de tornarlo más familiar, de hacerlo suyo.

“Descubrí a Luchito tiempo atrás. Recuerdo haber leído el poema que reza Habiendo robado / Lluvia de tu jardín / Y tocado tu cuerpo / Me duermo / No se culpe a nadie / De mi sueño, sin embargo, en el colegio no nos enseñaron nada de él, eso fue posterior. En realidad lo que me cautivó más fue el artículo de Beto Ortiz en el Somos del ’96, Frazadita, si bien me gustaba antes, allí empezó a fascinarme. Algo sucedió durante esa lectura. Su vida, las fotos que acompañaban el texto –aquella donde está cargando a Techi-, sentí a Lucho muy familiar, muy próximo a mí. Parecía un tío, un compadre, un primo. Alguien con quien podría conversar. Además, por ese entonces, yo estaba investigando los años ’70 en el Perú y de pronto me topo con Lucho y pienso ‘qué perfecto personaje, y todavía en mi país, en mi localidad, en mi Lima’. Esa noche ni siquiera terminé de leer el Somos, leí la crónica de Beto muchas veces y concluí que tenía que conocer a Betty Adler a como dé lugar e investigar más de Luis Hernández. Así comenzó todo”, afirma el pintor.

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Ciertamente, la forma en la que emprendió su travesía por saber más de Lucho y llegar a Betty resulta muy curiosa. Lo primero que hizo fue buscar a la chica legendaria en la guía telefónica. Beatriz, Betty, no hallaba nada. Entonces decidió ir a la misma fuente, Beto Ortiz. La gente de Somos le dijo que Beto era un colaborador y no sabían cómo ubicarlo. Sin embargo, la recepcionista que lo atendió le hizo una pequeña corrección: Domenack había preguntado por Alberto Ortiz, mas el nombre del periodista era Humberto. “En la guía, hay como mierda de Alberto Ortiz, pero Humberto, ocho, creo”. Beto lo sintió realmente interesado y aceptó un encuentro. La cita se dio en un pequeño bar en Miraflores, en el que hablaron largo tiempo de su afición compartida por Lucho. Él le prestó su propia documentación sobre el poeta, mas una copia de la tesis de Yerovi. Domenack quedó encantado con el material, el cual fotocopió y consumió vorazmente. No obstante, Beto le confesó que había perdido la dirección de Betty hace mucho tiempo. Aquello lo frustraba. Una noche, un amigo suyo lo invitó a una fiesta en el departamento de Óscar Ugarteche, donde vería a muchos personajes del teatro y televisión. Una gran juerga. Cuando bajó con otros invitados a comprar cigarros, sintió que alguien le golpeaba el hombro. Azorado, volteó en el acto y vio a uno de ellos que le gritaba ‘¡Jaime, mira esto!’: en el directorio del edificio, el artista plástico pudo leer ‘#301 Betty Adler’. No podía creerlo. Era el destino. “No toqué el timbre pero palpé la puerta con suavidad, reflexivo, poéticamente, quizás. Volví a los pocos días y le dejé una carta debajo de su puerta, explicándole todo y mostrándole una fotografía de un cuadro mío: una portada de un álbum de Abba, donde en lugar de los músicos, interpreté a mis padres junto a ella y LH”. Betty Adler le respondería esa misma semana. Estaba impresionada por el cuadro. Domenack recibió una invitación a su casa. Cuando arribó, la chica que trabajaba allí le informó que Betty no podía atenderlo y que en su lugar le dejaba un vino y un álbum de fotos para que revise. Tan extrañado como complacido, no vaciló en aceptar. Su segunda visita fue finalmente recibida por la misma mítica pareja del poeta. Conversaron durante horas sobre Lucho. Esa noche iniciaron una amistad que continúa hasta ahora. Solían reunirse para hablar de Lucho. “A veces nos íbamos a su cuarto a abrir los sobres, pues tenía muchos con cartas y fotos de Luis, y su empleada se preocupaba, veía con malos ojos que un chico joven se meta a su cuarto, pero todo fue amistad y un descubrimiento para mí de quien fue el amor de su vida”. Gracias a Betty, Domenack obtuvo más material de LH para hacer cuadros, antes lo hacía todo con fotos del periódico o revistas. Todo sucedió entre el ’96 y el ‘98’.

Gracias a su afición, Domenack obtuvo la calificación más alta en su trabajo final para egresar de la ENSABAP y expuso en lugares como el Peruano Ruso o el Centro Cultural Ricardo Palma. Cada 18 de diciembre asiste al nicho N° 66 del pabellón San Antoliano en el cementerio El Ángel, donde descansa el poeta, a dejarle flores y declamar algunos versos, junto a otros hernandianos. “Cuando uno no sabe cómo comenzar un cuadro debe indagar en sus motivaciones. Mi mayor interés en ese tiempo era LH y decidí plasmarlo en mis cuadros”.

Jaime Domenack se levanta un rato para poner algo de jazz setentero. Una canción de Weather Report invade el taller. El pintor admite que, a diferencia de Chabuca Granda u otros personajes peruanos que ha investigado para su arte, con Lucho buscaba enfocarse en su vida, no la obra. “Sus vivencias; lo vi sacado de un álbum familiar y no pude evitar sentir una proximidad, un cariño. Lucho era un niño grande, estaba siempre con gente menor, con chibolos, como yo cuando me mudé a este barrio, hace muchos años, y me hacía amigo de chibolos de 15 o 16, con quienes conversaba y fumaba. Me gustaba volver a vivir esas épocas. También cuando leí que estuvo internado en Stella Maris y las monjas renegaban porque sus amigos le llevaban marihuana y el humo salía por la ventana del cuarto, me gustaba eso porque en esa época yo estaba en la ENSABAP y nosotros lanzábamos mucho. Todo facilitó la identificación. Además Lucho sabía tantas cosas, era un loco genio, un renacentista. Es como si conocieras a alguien y luego te enteras más cosas de esa persona y dices ‘no puede ser, este huevón es mi alma gemela”. Admiraba, además, su gran talento poético y su sensibilidad social con sus pacientes. Dada su condición de pintor, Domenack se encontró a su vez atraído por la gráfica y la imagen que LH proponía tanto en su vida como en sus poemas: La Herradura, el SOS de La Herradura, 6 de Agosto, el Marcantonio de la avenida Arequipa, las esquinas, los cinemas, el asfalto, el helado ‘El Buen Humor’ de D’Onofrio, entre otros.

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Al pensar en la muerte de Lucho, Domenack medita silente. Considera su tratamiento en Buenos Aires como un encierro. Lucho sufrió mucho: no podía lidiar con su pesar y además estaba lejos de su frazadita. “Recuerdo que Betty me contó, como algo privado, que cuando Lucho estaba en García Badaracco, le decía en sus cartas que se sentía como Alex de La Naranja Mecánica, por los exámenes que le hacían, para él fueron torturas y horrores muy fuertes. Eso se lo comenté a Rafael Romero Tassara en un correo electrónico y lo incluyó sin mi permiso en su biografía sobre Lucho, La Armonía de H”. Domenack ha contemplado ambas versiones de la muerte, que han consolidado el mito de LH: una dice que se suicidó lanzándose a las vías del tren y la otra sugiere que lo empujaron, un homicidio por parte de algún militar del gobierno de Videla. “Herman Schwarz y Edgar O’Hara viajaron a Santos Lugares y publicaron hace unos años en Somos un artículo que daba a entender que había sido un asesinato. Sé que muchos amigos y familiares de Luis dan el hecho por suicidio, pero en este caso me inclino más por la idea de que lo empujaron”. Durante la dictadura de Videla, no era extraño que desaparecieran artistas o intelectuales rebeldes. Un poeta foráneo como LH podría haber sido un blanco, mas Domenack no culpa a los militares. “Sólo digo que alguien lo mató. Creo que han querido deshacerse de él. Kike Wangeman, su gran amigo, te respondería con poesía: ‘Lucho no se suicidó, se suicidó el tren”. Domenack siente que aquello aún falta develarse, pero él ya recorrió tales senderos. Ya no es su tarea. “Tengo un Lucho dentro y con ese he de quedarme. Todo lo dicho, lo hago de corazón”. Mi primer amor / Fue la música / Mi segundo amor / Fue el amor a la música / Mi tercer amor / Fue humano.

Luis La Hoz

“Yo ya no quiero hablar de LH. Es más, ya casi odio a LH”, subraya el poeta Luis La Hoz con ironía, en su casa en la avenida San Martín, Barranco. Maestro en el arte poético, autor de poemarios reconocidos como Los Adolescentes (1987), Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, 33 Poetas suicidas (1988) o más recientemente Los Poemas de Federico (2003) o Una flor amarilla (2004), entre otras obras, fuma sosegado, en el sofá, con un filtro especial que reduce la nicotina. Mientras zarandea suavemente el cigarro sobre el cenicero, recuerda cómo conoció a LH. Corría el año 1965. Luis La Hoz frecuentaba la antigua, oscura y apacible casa miraflorina de los hermanos Larco. Estudiaba con Iván. LH ya había publicado sus poemarios. Una noche donde los Larco, La Hoz cayó de visita. La habitación de Iván estaba en un segundo piso, al subir se dio de bruces con un personaje sentado en la escalera, con una lamparilla, el cabello desordenado, fumando y escribiendo. ‘Es Luis Hernández; no le digas nada porque está escribiendo y anda de mal humor’, le dijo Iván. Al rato entró LH al cuarto y leyó el poema que andaba escribiendo o reescribiendo. Así, se fueron encontrando en esa casa. Tenían mucho en común, pero Lucho, mayor que ellos y muy tímido, era difícil de tratar. Cuando La Hoz, Nicolás Yerovi, Iván Larco, Carlos Cornejo y otros amigos del colegio La Salle publicaron una revista llamada Collage en el año 67, invitaron a Lucho a publicar un par de poemas. Aquello consolidó su relación.

Gracias a Lucho descubrió poemas, libros, autores; pero lo que más aprecia fue la revelación del ritmo y los secretos de la poesía. La influencia que tuvo sobre su obra está más relacionada a las figuras. Referencias como el mar, una pasión que ambos compartían, el sol o la alegría de las calles y los bares. La Hoz se dio cuenta, con los años, de que LH siempre procedía con un propósito, todas sus acciones eran justificadas. Por ejemplo, nunca leyó un poema suyo. Los tiraba al suelo, dándolos por vanos, mas siempre llamaba para hacerle leer variados versos. “Lucho hizo que aprendiera. En el ejercicio de la poesía siempre se trabaja mejor con el basurero al costado”. Existe una influencia en la musicalidad, mas no en el estilo de la misma. La Hoz tiene otra forma de expresarse. Su poesía, prosigue, no llegó a ser como la de LH. “Hubo un tiempo en el que dejé de leer a Lucho, así como también a Vallejo, y empecé a leer poesía francesa o italiana -que era la que más me interesaba-, para encontrar mi propia voz”.

La Hoz profesa que la poesía de Lucho era una poesía abierta, y la suya, cerrada. ”Lucho era un tipo con una inteligencia y una cultura fuera de lo normal. Era alguien con quien podías hablar de cualquier cosa, una vez me explicó toda la teoría de la relatividad en una pared de su cuarto. No era un hombre normal. Tampoco era un poeta normal, porque había decidido, a partir de los ’70, dejar de publicar. Perdió la fe en los libros. Tres poemarios y se acabó. Incluso allí tú notas ya algunas estrofas de sus poemas que terminan de pronto y te dejan en el aire: ‘Y entonces la noche’, no concluye la idea, pero no hay necesidad, pues esa frase es retóricamente bella. Ya en los ’70 rompe con todo, porque él quería realizar su obra abierta, como él me explicaba y discutíamos. Lucho decía que los poemas no tenían inicio ni fin. Que toda obra debía ser un continuum. En realidad, toda su obra lo es. Desde los ’70, la ológrafa, escrita y armada con colores, donde todo es lúdico y repetitivo”. Lucho tomaba un verso de Keats, le daba la vuelta, lo hacía suyo y después lo repetía de otra manera. “Ejecutaba esa poesía abierta que aún no es reconocida en los estudios literarios y poéticos del Perú. Su obra fue eso. Y su vida fue eso. Completamente coherente. Marco Martos se equivocó al decir que a su obra le faltó. A la obra de Lucho no le faltó nada. En la generación del ’60, él fue otra cosa”.

Su grave voz continúa invadiendo el espacio, imponente. Nadie, según él, ha observado realmente el tema la obra de Lucho como continuum. Incluso la tesis de Yerovi o la biografía de Romero Tassara no hablan de ello. Hablar del hombre y su leyenda es importante. LH era un tipo agudo y excéntrico que disfrutaba llamar la atención. “A veces me llamaba por teléfono, yo contestaba y lo visitaba de inmediato porque era un privilegio hablar con él de cualquier tema y lo encontraba subido en su ropero, escribiendo fórmulas químicas o físicas en el techo de su cuarto, escuchando Beethoven y hablando en alemán. No me hablaba. Le preguntaba ‘¿para qué me has llamado?’ y no me contestaba. Así era LH”. La Hoz podría discurrir en tales anécdotas, pero insiste en la urgencia de un estudio literario de su desaparecido amigo. Su teoría lírica, su visión de la realidad social, su posición religiosa o política. “Uno no necesita ser explícito para al hablar de la coyuntura política para ser crítico. Cuando LH dice ‘en el fondo todo el mundo tiembla cuando ve un arma’ está hablando de un miedo que arrastramos hasta ahora. Cuando dice ‘mi país no es Grecia’ dice que su país no es ese lugar mitológico y reflexivo, sino aquel lleno de curas y tonsurados… lo dice sin decirlo. No es solamente un verso bonito, tiene una condición política y de conciencia. ‘Mi país es Lima, la ciudad de los burdeles’. Lucho tenía una posición política firme de la cual jamás hablábamos porque casi no hablaba. Era un contestatario urbano”. Para La Hoz, la misión del poeta es la poesía, y bajo esa premisa, Luchito Hernández nunca regaló sus dibujos a los policías en vano. Nada era gratis. “Él era un rebelde, totalmente anti-sistema. A nadie le importa, pero de Antonio Cisneros o Rodolfo Hinostroza sí se ha observado eso, porque tienen libros, son explícitos y se reconocen como poetas serios. El mundo académico lo ha visto como un gracioso, un poeta juguetón, sin importancia”.

¿Por qué Lucho no figura del todo en las antologías de los 60? Por un lado,  en esos tiempos no había tantos críticos y por ende, tampoco muchas antologías. Por otro lado, LH se alejó del movimiento voluntariamente. No se reflejaba en la manera de ser de los otros poetas, sus contemporáneos. No asistía ni era invitado a reuniones. “Debemos recordar que por esos años él estaba concibiendo su obra real, la manuscrita, con los dibujos y todo. LH se apartaba del canon, definitivamente”. Sin embargo, LH sería incluido en antologías posteriores, de los ‘70’s u ‘80’s, cuando ya existía el mito. Tras sus tres primeros poemarios, ¿cómo hace un antólogo con su obra posterior? Vox Horrísona está escrita a mano, con colores y formas. Al transcribirla e imprimirla se perderían muchos elementos. “Creo que fue el jetudo de José Miguel Oviedo quien dijo que la poesía de LH era una obra que estaba comenzando y carecía de estructura. Una obra ligera. Él no tenía ni idea de lo que estaba hablando”.

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Ciertamente, los relatos sobran. La Hoz evoca aquel de LH y Yellow Submarine. “Fue un acto de maldad absurda y pueril, contra el cine y contra todos. La cagamos horrible”. Esa noche, LH, Iván Larco, Luis La Hoz y otros amigos asistieron al cineclub Virgen Del Pilar para ver la esperada cinta de The Beatles. Todos quedaron absortos ante el despliegue de imágenes de psicodelia y esplendor. Tan idos como intoxicados. Lucho no podía concebir el encanto, estaba embelesado de pies a cabeza. “De repente, este pendejo se desapareció. Al rato regresa con un bulto en su blazer grandote y nos dice ‘vámonos, ahora”. Extrañados, tomaron un taxi y partieron en el acto. Ya en la calle, Lucho saca del blazer un rollo enorme de 35mm. ‘¡¿Qué has hecho?!’, le gritaron todos. Victorioso, Lucho manifestó que era suyo y ahora ellos podrían proyectarlo. Para proyectar un rollo así, ahora inexistente, se requería gran maquinaría. Esos antiguos rollos solían viajar de cine en cine vía moto. LH había detenido la proyección temporalmente. No se vio más que un día. “Fue un escándalo, el robo salió en los periódicos, la radio. Todos teníamos un sentimiento de culpa horrible. Birlamos la cinta y todo lo que siguió fue culpa y miedo, éramos unos chibolos y creíamos que nos podían meter presos o algo así. El rollo nunca apareció. No le preguntamos a Lucho, ni queríamos saber del tema, estábamos avergonzados de nuestra pendejada… Marihuaneros de mierda”, dispara La Hoz, seguido de una estentórea carcajada.

La última vez que vio a LH. Luis La Hoz volvió a coger el cigarro con filtro y aspiró en silencio unos segundos, rememorando. “Fue antes de su partida a Buenos Aires. Me dijo ‘nos vemos cuando regrese, en La Herradura’. Luego pasaría lo del recital en el INC y ya no lo vi más”. Yerovi, él y el resto de sus amigos ya sabían del internamiento de Lucho. “Nunca estuve de acuerdo. La familia quería que se cure, Betty quería vivir con él, le había conseguido un consultorio, pero Lucho ya no quería nada; su poesía se había acabado. No podía escribir poesía. Lucho vivió su cenit hasta los 35 años. ¿Qué iba a hacer? ¿Ser un pequeño burgués? ¿Médico, trabajar y cobrar? Ese no era su mundo ni su estilo ni su deseo. No era de este mundo. Era un ser caído en esos años, en un país como este y en una ciudad como esta”.

Una tarde del ‘77, Yerovi fue a buscarlo a su trabajo. La Hoz trabajaba para el gobierno de Velasco, en propiedad social. ‘Tengo que hablar contigo’, le dijo. Fueron a La Herradura, donde siempre se reunían con Lucho. Mientras tomaban un trago, Yerovi le contó a su viejo amigo que Lucho se había suicidado. Extrañamente, ese día de invierno salió el sol. “Yo siempre sentí, hasta hace ya tiempo, que Lucho iba a llegar a mi casa y me iba a tocar la puerta. Durante muchos años, tuve esa sensación. Creo que se acabó cuando fui a Santos Lugares, donde lo encontraron”. No tuvo el valor de recorrerlo todo, se sentó en la estación San Martín, en una plazuela, silente, mientras su esposa exploraba el lugar. Era invierno y era un sitio muy triste, lúgubre. Al regresar a Lima. La Hoz se sentía distinto, como si hubiera dejado eso atrás. “Pero siempre lo tengo presente. Fue mi gran amigo, carajo. Viví con él en la selva, fue médico de mis hijos. Lo amé mucho, como una vez dije, mi amado y detestable”, sostiene, emotivo.

El poeta recuerda por qué cree que LH se lanzó a las vías del tren. Cuando concibió la idea del libro de la antología 33 Poetas Suicidas, buscó motivado a Lucho para exponérsela. “Me mandó a rodar. Pero días después me llamó y me dijo ‘ven a mi casa ahorita’. Así de detestable era, en ocasiones”. Al arribar, LH le habló de un poeta húngaro llamado Attila József. Durante el viaje europeo de Lucho, una noche errando Budapest, vio los rieles de un tren y de pronto una piedra en la que decía ‘aquí se mató Attila József’. Tras narrar la experiencia, empezó a dictarle poemas, sugiriéndole que debían aparecer en su antología tal cual los iba recitando. Quizás sea tan sólo una anécdota, acaso mera conjetura. Para La Hoz, aquello connotaba la contemplación de un desenlace similar. LH ya no quería saber nada más. Genio y niño a la vez, el mundo no estaba preparado para él. “Lucho era un espíritu libre que acontece cada cien o doscientos años. Soportar tanta belleza, tanto dolor, tanta soledad”. Como cree La Hoz, quizás Lucho quiso expirar en las vías del tren. “Al final, eso no importa, Luchito cumplió su función. El arte es duradero, la vida es breve, 36 años y chau”, concluye La Hoz. Sólo la emoción perdura / Sólo la armonía quiebra.

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Nicolás Yerovi

El departamento del poeta y periodista se encuentra en un edificio antiguo y muy bello de Barranco, plagado de jardines y escaleras. En las paredes de su hogar reinaba una gama variopinta de elementos: fotografías del también humorista y dramaturgo en diversos lugares o en distintas portadas de diarios; portadas de revistas suyas o de la famosa Monos y Monadas, fundada por su abuelo el poeta Leonidas Yerovi, de la cual su nieto fue director; y muchos títulos y diplomas. Una suerte de museo personal.

Yerovi fuma entretenido mientras hace memoria. Se ríe de pronto, súbitas carcajadas que acaso no guardan sentido salvo en sus pensamientos, donde moran las historias con Luchito Hernández. También era amigo de los cuatro hermanos Larco: Fedor, el mayor, era más viejo que Lucho, quien era de la promoción de Boris, mas Lucho era una especie de adolescente perpetuo: cuando el mayor terminaba sus estudios, se iba a vivir solo, se comprometía o se casaba, él se desconectaba, quería prolongar su juventud, evitar responsabilidades y horarios. Bajo ese plan, se hacía amigo del hermano que seguía. Así empezó a frecuentar a Iván. “Yo era de la promoción de Luis La Hoz y de Iván Larco, así que nosotros heredamos a LH”, sostiene, dejando escapar una breve sonrisa. Los tres poetas se encontraban escuchando música clásica. Eran finales de los ‘60’.

La obra poética de Yerovi deslumbró en los 70, con títulos como Mapa de agua (1971), Crónica de ciego o Quiero morir soñando (1978). Desde secundaria sabía que sería escritor, mas su verdadero propósito es escribir poemas para, como él afirma, ‘enamorar a las muchachas’. Lo demás era accesorio. Sin embargo, también lo influyó el humor, heredado de su abuelo y su padre. Ignoraba cómo asociar el lirismo con gracia, ironía y travesura, hasta leer poemas de LH como aquel que reza: Te amo / Raíz cuadrada de -1 / Eres un amor / Irracional. Allí comprendió que podía conjugar en un mismo concepto la emoción de los sentimientos y las pasiones que provoca la vida misma con la agudeza y la travesura del sentido del humor. “En ese sentido, la poesía de Lucho me influyó definitivamente”, confiesa Yerovi.

Una noche, acaso una tarde que se convirtió en noche, cuando Yerovi todavía era un alumno de doctorado, lo visitó Lucho Camarero, primo hermano de LH y compañero suyo del La Salle. Entre conversaciones, terminó comentándole que su primo, quien para ese entonces ya era amigo de Yerovi, se había vuelto completamente loco. Allí Yerovi descubrió que su entrañable amigo había renunciado a publicar bajo los estándares editoriales y se había comprometido quijotescamente en reproducir su obra con plumones y cuadernos escolares y la andaba regalando a todo el mundo. El primo de LH le mostró uno de los cuadernos. Yerovi quedó embelesado y le dio la razón, ‘cómo puede regalar esto, es una belleza, ¿sabes lo que acabas de hacer? me acabas de dar el tema de mi tesis de doctorado’, le dijo al primo del legendario poeta. Buscó a LH y le propuso el proyecto: que le entregase una relación de cada persona a la que le había obsequiado un cuaderno. Él recolectaría todos, los transcribía a máquina de escribir y los revisaría con él. Sería una empresa azarosa: habría que estudiar bien cada poema, pues Lucho escribía en alemán, italiano, francés, holandés, inglés, castellano, latín, griego y además, traducía a Juan Ramón Jiménez al alemán, a Byron al italiano, y así, ad infinitum. Muchos versos no eran suyos, pero él los traducía y los colaba en medio de sus propias composiciones. Para una edición crítica de los cuadernos, la colaboración del autor era imprescindible. Para su suerte, tras cavilarlo un poco, LH aceptó. La tesis doctoral de Yerovi acabó poseyendo centenares de notas a pies de página. Fueron 28 cuadernos recolectados. Dos años de la vida de Yerovi. Mientras evoca tamaña proeza, se levanta de su sofá y se aproxima a un estante, de donde extrae un enorme y viejo tomo redactado a máquina de escribir. El hermoso y ajado manuscrito original de su legendaria tesis: Hacia una edición crítica de “Vox Horrísona” (Poesía de Luis Hernández 1961-1976).

Al recordar la última vez que vio a LH, Yerovi despide un poco de humo al fumar, abstrayendo la mirada en algún punto incierto de su sala. Eran fines del ’76. Betty estaba allí. Se encontraron para beber unos jugos y conversar en Marcantonio, en el centro Comercial Risso. “Lo recuerdo tranquilo, normalmente loco, divertido, por momentos fatuo, buscando ser el centro de la conversación, como siempre. No parecía triste”. LH y Yerovi no estuvieron en contacto durante su internamiento en Buenos Aires. Cuando Betty lo llamó para revelarle su muerte, corrió unas cuadras por la avenida San Martín hacia la casa de Luis -La Hoz- y le dijo que necesitaban hablar. Partieron a La Herradura y ahí le contó. “Estábamos tan incrédulos, impotentes. Era algo que jamás habíamos previsto”, agrega el humorista.

La tesis de Yerovi descansa gigante sobre la mesa. En sus primeras páginas desfilan fotografías a color de los cuadernos de Lucho pegadas con goma, de las primeras que existían. Sus colores reviven de alguna forma las gastadas hojas del manuscrito, ya tornadas mostaza por los años. Los cromáticos yates / Surcan el mar / El mar azul de Prusia. Yerovi sigue hojeando la tesis y con ellas aquel triste episodio de su pasado. “Lo único que trae congruencia a este lamentable acontecimiento es que Lucho tenía debilidad por los poetas románticos ingleses, Shelley, Keats o Byron; siempre me hizo hincapié en el hecho de que todos habían muerto antes de cumplir 36 años. Lucho hubiera cumplido esa edad el 18 de diciembre… Quizás por eso partió el tres de octubre. Esa coincidencia siempre regresa, me hace pensar. Prácticamente no hubo desde que nos conocimos conversación alguna en la que dejara de mencionar este hecho”. Con la distancia emocional y reflexiva que aportan los años, Yerovi piensa que no se imagina a Luchito envejeciendo. Para él, otro movido para dar su muerte por suicido es que LH fue un eterno adolescente. El orden serio de la vida y sus tramos era algo ajeno a su mundo. Yerovi recuerda entre carcajadas un ejemplo de ello: cuando laboraba como médico, no cobraba por la consulta, lo hacía a cambio de fruta, cigarros o chocolates Sublimes. Nada le importaba. “Lucho vivía dentro de una informalidad absoluta, repitiendo versos y poemas en un cuaderno y el otro, mezclando poemas propios con ajenos y haciéndolo con mucho humor, eso me marcó de por vida. Su forma de entender la existencia era la de un desprendimiento continuo de su poesía y de todo, era libre”. De algo me hablas / Pero el brillo de tu corazón / Te oculta / Algo me dices / Pero el estruendo / De tu alma / Me impide.

Lucho Hernández, como lo evocan Yerovi, La Hoz o Domenack, fue un genio y un alma inefable, acaso imposible. Henchido de pasión, de alegría y de dolor. ‘Si cantara / Lo que en el corazón / Siento / Sería para mí / La canción / Algo indescifrable’. El origen de su muerte quizás no se dilucide nunca, mas su legado poético y la leyenda de su paso por estas tierras permanecerán inmarcesibles en el corazón de todos aquellos que lo descubren. Ars longa, vita brevis.

 

Publicado originalmente en la web de Periodismo PUCP: Somos Periodismo.

Imágenes también tomadas de SP.

 

 

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