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Francisco Carrillo: El obstinado encanto del libro en la era digital

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A continuación, presentamos este texto del destacado ensayista y literato español Francisco Carrillo. Un texto que analiza la importancia del espacio físico de las librerías y la cultura del libro en una etapa signada por la rapidez virtual. Imperdible.

El Centro Cultural de España en México suele aprovechar el desembarco de participantes en la Feria del Libro de Guadalajara para celebrar encuentros como el que, el pasado diciembre, convocó a un grupo de editores independientes a una mesa redonda para discutir el lector de hoy, los nuevos soportes electrónicos y su impacto en un universo tradicionalmente asociado a la tinta y el papel. Confieso que me sorprendió el tono general, favorable a una industria que en otros sectores culturales ha causado verdaderos terremotos económicos, así como el pesar compartido por el estancamiento del libro digital, cuyas ventas en México y España apenas representan el 5% del total. ¿Por qué no se consuma la migración desde el soporte analógico? ¿De dónde nace la resistencia de las editoriales y el público lector? Las preguntas sobrevolaron la sala y de ahí me las llevé a la calle. Ensayemos algunas claves.

En sus cursos en el Collége de France reunidos bajo el título de La preparación de la novela, Roland Barthes sitúa su interés en la escritura a partir de las obsesiones del escritor, sus rituales y rutinas de trabajo. Desde su perspectiva, escribir es lo que ocurre en las afueras del texto, antes o mientras se realiza, pues una vez concluido y publicado pierde el carácter de trabajo en proceso al que alude el sustantivo “escritura” o el verbo “escribir”. Menciono a Barthes porque siempre he pensado que a la lectura le sucede algo similar, y que tradicionalmente no solo ha implicado el acto de interpretar palabras, sino que ha exigido toda una “preparación para la lectura” que precisa de su cultivo desde tempranas edades, la disponibilidad de librerías y bibliotecas, la adquisición paulatina de una colección personal, el amor por el fetiche del libro o el encuentro con otros lectores, condiciones que movilizan verdaderos modos de vida. De hecho, gran parte de eso a lo que llamamos leer pertenece, en realidad, a estos rituales compartidos, y es que hay lectores que apenas “leen” sin que esto les impida participar del universo de la lectura.

Que esta “preparación” para la escritura o la lectura pueda llegar a imponerse al propio acto de leer o escribir responde a la lógica peculiar que acompaña al libro, es decir, los modos en que este objeto distribuye el tiempo y el espacio, ordena la realidad y privilegia o penaliza ciertas actividades. En una entrevista reciente, Ben Hammersley, editor de Wired en el Reino Unido y uno de los gurús de las transformaciones tecnológicas, insistía en la vieja idea de que los objetos condicionan nuestros vínculos sociales, sensibilidades y ritmos; crean nuestra forma de percibirnos y experimentar la realidad, algo que al Comité Invisible le ha hecho reclamar una toma de postura: nuestro universo personal y social se organiza a través de dispositivos que no son inocentes y sobre los que no deberíamos serlo. Es decir, que para entender quién es el lector y qué es la lectura, en papel o digital, debemos preguntarnos cuáles son las ecuaciones espacio-temporales que propicia cada soporte.

  1. El tiempo del libro

Paul Ricoeur postula que la novela moderna (y el libro como objeto que la aloja) marcaba los tiempos en que transcurría el resto de la vida social, como si su estructura narrativa, y no los hechos mismos que narra, actuara de diapasón de su momento. El casi centenar de páginas con el que Benito Pérez Galdós saluda al Madrid de Fortunata y Jacinta produciría una temporalidad singular y muy divergente, por poner un ejemplo, a la que surge al registrar esas mismas calles con una webcam y subir las imágenes a la red en cámara rápida. Y es que a través de la literatura en su formato clásico nos comunicamos –más que con una historia con actores y dramas– con una experiencia temporal que responde a su momento de creación. La idea me parece tan poética como interesante de explorar, también por lo anacrónico que resultaría seguir otorgando al libro un lugar central en un contexto en que perderse durante unas horas por sus páginas representa una clara ruptura temporal: ¿cuántos mensajes de Whatsapp sin contestar, noticias de la prensa o actualizaciones de Facebook acumuladas? La vida es más rápida que el libro en la medida en que el sentido de nuestro tiempo se transmite por otros soportes. Un sentido marcado por la simultaneidad a través de dispositivos digitales cuya instantaneidad y compatibilidad (sonido, imagen, hipertexto) los convierte en un extraordinario mapa del presente más inmediato, un termómetro de trending topics en tiempo real.

Frente a esta lógica “horizontal” o espacial, el libro y la lectura perviven como una indagación “vertical”, hacia abajo, como un archivo capaz de unir el presente de la lectura con el pasado impreso en la página y recuperado cada vez que abrimos un libro. En uno de sus relatos más celebrados, aquel “Pierre Menard, autor del Quijote”, Borges imagina a un escritor francés, Pierre Menard, que se propone escribir el Quijote sin copiarlo, es decir, “siendo Pierre Menard” y asumiendo la tarea de “llegar al Quijote a través de las experiencias de Pierre Menard”. La tarea, con ser imposible, arroja en la ficción del argentino dos textos idénticos, dos Quijotes separados por tres siglos, y cuyas lecturas divergen hasta el punto de que el Quijote de Menard “es casi infinitamente más rico” que el original, pues mientras este último dialoga con el de Cervantes, el del alcalaíno, hijo de su tiempo, solo se tiene a sí mismo. Quizás este cuento sea una de las metáforas más extraordinarias de la lectura del libro, un objeto que en su propia biografía no solo transporta las palabras que leemos, sino las lecturas que de él hicieron las generaciones previas.

Sostengan un libro en sus manos, un libro grueso, pesado, y obsérvenlo. Y díganme si lo que ven no es una peculiar máquina cuyo primer mensaje es el tiempo que nos exigirá como lectores o el que le tomó a su escritor para componerlo. Lejos de la instantaneidad que marca la experiencia digital, la lectura (o la escritura) de libros supone un proceso inseparable de su duración interna. ¿Han leído 2666, La montaña mágica, Luz de agosto, En busca del tiempo perdido, Las aventuras de Barbaverde, El idiota, Paradiso, El Quijote, Meridiano de sangre? Cada uno de ellos representa una travesía biográfica: la de quien se interna, durante varias semanas, por una experiencia absorbente y capaz de transformarnos según avanzamos por las páginas.

Es esta brecha –que cada vez se agranda más entre la narración escrita y nuestro presente– lo que para Adam Thirlwell constituye la particularidad de la novela, inherentemente desacompasada con respecto a la actualidad a la que intenta responder: “Quien escribe ficciones vive en una permanente condición de atemporalidad y retraso […] ¡Qué destino más triste! Crear obras que revolucionarán una época, pero que requieren de tanto tiempo que la época misma no se dará cuenta de ellas.” El escritor, consciente de su anacronismo, no solo se entrega a rutinas de trabajo sostenidas y expectativas imprecisas de publicación, sino que confía en una recepción tan intemporal como el propio soporte de su obra. Las consecuencias de este desacompasamiento son profundas pues, al no contar con un vínculo inmediato con su público, el espacio de la creación se libera: no sabemos cuántas narrativas de la extensión y complejidad de las de Kafka, Joyce o Faulkner hubieran existido de haber atendido al número de likes de los lectores de su época.

Si bien el archivo digital es más fácilmente almacenable y accesible, los lenguajes con los que se elabora le hacen perder vigencia mucho antes. ¿Quién se acuerda de las toneladas de textos que circulan en internet solo unos días después de su salida? A este respecto, Kenneth Goldsmith, uno de los principales teóricos y defensores de la escritura digital, apuesta por inventar nuevos géneros adaptados a los lenguajes electrónicos que “funcionen tal como los memes en la red, propagándose como incendios durante un periodo corto, solo para ser suplantados por la oleada que sigue”. A diferencia de las textualidades que recorren la red, la lógica secuencial (ahora una cosa, luego otra) y la presencia pesada del libro aconseja una escritura para un lector del futuro.

Seguir la lectura aquí.

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