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Eco radiactivo

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Si había un autor que destacó tanto en la crítica literaria, en el ensayo filosófico y en la ficción narrativa, ese fue precisamente Umberto Eco, que acaba de fallecer hace unas horas.

No exageramos: Eco destacó en todos los registros en los que incursionó. Era lo que hoy en día podemos llamar un sabio, un sabio de los pocos que quedan, un artista y un intelectual que no se conformó con el prestigio académico, sino que también fue un gran divulgador de ideas y pensamientos, forjando una legión de lectores cultos no necesariamente ligados a las aulas.

Sin duda, estamos ante una pérdida irreparable. La obra de Eco gozaba de una legitimidad a causa de la frescura y vigencia de sus temas. Su obra es leída y estudiada desde hace varias décadas. Al respecto, no hay que pensar mucho en encontrar el secreto que hizo de él una voz autorizada. Eco pensaba y escribía con pasión, guiado por el afán de compartir conocimiento, afán que hizo reconocibles su escritura e ideas.

Así es, Eco radiactivo.

Los lectores del presente post harían bien en preguntarse por la sensación que les dejaban sus libros ni bien terminaban de leerlo. Este ejercicio de memoria es quizá el mejor homenaje que podemos rendirle a un autor que nos dio muchísimo más de lo que podíamos esperar de un erudito.

Cuando terminábamos de leer a Eco, teníamos ganas de aprender de él, de leer todos los libros que él había leído, de estudiarlo todo con el rigor generoso que él exhibía. A eso llamamos posteridad.

Imagen tomada de aquí.

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