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Jorge Carrión: “En una librería encontramos familiaridad, calidez”

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Jorge Carrión (Tarragona, 1976), escritor y codirector del Máster en Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra, acaba de publicar las novelas Los muertos, Los huérfanos y Los turistas (Galaxia Gutenberg) y es autor del ensayo Librerías  (Anagrama, 2013), traducido al italiano y en vías de traducción al inglés, francés, polaco y chino.

En la actualidad, Carrión está considerado como uno de los críticos literarios más referentes y leídos. Su obra, ya sea como crítico y escritor, viene siendo saludada por la crítica y los lectores. En esta entrevista, conversamos sobre su exitoso libro Librerías.

G. Ruiz Ortega

Sorprende, y para bien, que un libro de ensayo tenga éxito en lectoría. Por lo general, esta suerte de éxito la relacionamos con las obras de ficción. Los temas que abordas en Librerías son en esencia duros, es decir, no son “llamativos” hasta para los mismos consumidores de libros. Va pues dirigido a un círculo reducido, pero los hechos han comprobado que ese círculo no es tan pequeño como se pensaba. 

Yo diría que Librerías está conectando con un sentimiento bastante extendido: el del fin de un tipo de cultura del libro. Mucha gente lo lee como una historia de las librerías, como una guía de viaje por las mejores del mundo y, al mismo tiempo, como una despedida. Como una forma de duelo, digamos, prematuro.

Claro, va más allá de lo que entendemos como ensayo.

Por eso yo diría que es más que un ensayo: es una genealogía, es una crónica de mis viajes, es una autobiografía de mis lecturas, es en fin una narración. Ensayo narrativo, se podría decir. Las seis ediciones (cuatro españolas, una argentina y una mexicana) permiten que se cumpla el sueño de todo escritor: que su libro circule, que esté en casi todas las librerías de la lengua.

En más de una entrevista has hablado de la familiaridad que debe transmitir una librería.

En efecto: en una librería encontramos lo contrario que en un cuento de Kafka. No hay extrañeza, sino familiaridad, calidez. Porque su topografía es fácilmente reconocible. Porque su geometría es de unas coordenadas, horizontes y verticales, muy definidas. Porque todo invita a lo mismo: coger los libros, hojearlos, ojearlos, tal vez incluso leerlos, quizá comprarlos. Y ese mecanismo es idéntico en cualquier librería del mundo. En ese sentido, lo que para mis abuelos fueron las iglesias para mí lo han sido las librerías.

¿Se podría explicar la tradición literaria del siglo anterior sin la presencia de las librerías? Bien sabemos que los bares, por ejemplo, eran, y siguen siendo, los lugares en los que se alimentaba el discurso y el pensamiento.

Ahora tenemos, además de los cafés, las librerías, las facultades o los festivales literarios, las redes sociales. La mutación ha sido total. La epistolaridad del siglo XXI es mucho más compleja que la de los siglos anteriores, tiene multitud de formatos (antes eran sólo dos: la tarjeta y la carta –a lo sumo un tercero, el telegrama). Pero en el siglo XX las librerías y los cafés eran los lugares por excelencia de las tertulias, que por supuesto se daban también en espacios privados.

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Tu libro es también un rescate de la librería como concepto, que no es solo un lugar en donde uno va a comprar. 

Mi libro intenta reivindicar justamente la importancia de los fenómenos protagonizados por escritores e intelectuales que tuvieron lugar en librerías. Porque, absurdamente, conocemos mejor las anécdotas librescas vinculadas con restaurantes, bares o discotecas que con las que pasaron en librerías. No acabo de entender por qué hemos relegado esos espacios a las notas a pie de página de la historia cultural.

Hace un rato te comenté del éxito de Librerías, y ahora que te escucho, su pegada se alimenta de su mixtura de registros.

A eso me refería antes. No creo en los géneros monolíticos. Todos mis libros mezclan formas y estrategias. Todos son diferentes. Intuyo que en Librerías conseguí sintetizar los hallazgos de libros anteriores: los de mis crónicas de viaje (como Australia), los de mis novelas (como Los turistas), los de mis ensayos más libres (como Teleshakespeare). No es nada nuevo: Borges, Chatwin o Sebald, por ejemplo, también trabajaron en un laboratorio parecido.

Hace unos meses leí Los vagabundos de la chatarra, que es una investigación gráfica que llevas a cabo con el ilustrador Sagar Fornies.

Me alegra que haya llegado hasta Lima. Es un ejercicio de periodismo en cómic. Un año de la crisis económica de Barcelona, a través de personas involucradas en el negocio de la chatarra. Me interesa mucho el cómic, creo que es un lenguaje con un potencial enorme. Sagar y yo vamos a seguir investigando en sus posibilidades para narrar la realidad. O para ensayar a partir de ella.

Imagino que entre tus autores favoritos figuran críticos literarios que también hicieron ficción.

Yo creo en la literatura crítica. Los autores que más me interesan fueron críticos literarios (si es que no lo somos todos los escritores, escribamos o no reseñas) y criticaron mediante la literatura también su época. Pensemos en Dante, en Cervantes, en Clarín, en Celan. Hay que encontrar en cada caso el lenguaje literario más adecuado para poner en escena la crisis. Me interesa contar historias que inviten a pensar. A pensar en serio.

Entonces, ¿para ti qué es la literatura?

Escribí un libro a partir de mi tesis doctoral, Viaje contra espacio. Juan Goytisolo y W. G. Sebald, con notas a pie de página y bibliografía y citas. Es mi libro menos leído. Para mí la literatura es comunicación y, sobre todo, no tiene reglas. Por eso no voy a volver a escribir ningún ensayo académico. Escribir en libertad es mezclar. Es diseñar una estructura ex profeso para cada uno de tus libros. Es saltarte las reglas e inventar las propias.

Volviendo a Librerías, hablas de la labor del librero, al que señalas de incalificable, puesto que resulta más fácil hablar de un escritor, un intelectual y un agente literario.

Es sobre todo un preceptor. Alguien que, en teoría, lee mucho; alguien que, en la práctica, sabe aconsejar. Sólo si examinamos a conciencia la figura del librero llegaremos a entender la historia de la prescripción, que es la historia del canon, no sólo literario, también cultural.

Y se dice también que son los verdaderos críticos literarios.

 Los libreros siempre han sido críticos. Con su selección, con su opinión, con sus recomendaciones. Prescriptores fundamentales. Ahora lo son más aún. El antídoto del logaritmo.

¿No has pensando tener una librería?

Tengo el lugar: el pasaje Manufacturas de Barcelona. Y el nombre: Walter Benjamin. Pero no creo que la abra, no sacrificaría mi tiempo de escritura en un comercio, aunque sea de libros, mi pasión. O tal vez encuentre el modo. Quién sabe.

Después del libro encontraste otras librerías, como Brazenhead Bookshop de New York.

Sí, me encantó. Aquí tienes mi crónica de ese encuentro memorable con la librería secreta de Nueva York y su mítico librero.

Sigues a la caza de librerías.

 Desde que publiqué el libro mi coleccionismo se ha vuelto exagerado. Ahora rastreo todavía más sistemáticamente todas las librerías interesantes de una ciudad. Por eso tengo tantas ganas de volver, casi diez años después, a Lima. Y visitar Sur.

Imagen del autor, de Lisbeth Salas.

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